Siberia. Mi Navidad a 35 bajo cero

Cuando lees un testimonio como el que publica la web de Comunión y Liberación, te das cuenta que de que te quejas por tonterías y de que las excusas que le ponemos a Dios para entregarte a Él son eso, excusas.

Francesco Bertolina es un sacerdote misionero que lleva 28 años en Siberia atendiendo a los feligreses de su zona que son capaces de desplazarse a 35 bajo cero para asistir a Misa de Navidad, recorriendo grandes distancias.

El mismo Francesco va a visitar a las personas que, por edad o enfermedad, no pueden desplazarse. Va sembrando y acariciando el corazón de cada una de ellas. Este año con 39 de fiebre ha conseguido visitar a algunos.

Me pregunto: ¿qué implica la Navidad? Que Dios se dé a conocer a estas personas a través de mí, que voy a verlos. Pero veo tantos límites: a veces no puedo viajar, por la situación meteorológica o porque no hay nadie que pueda acompañarme. Aquí es impensable entrar solo en casa una madre joven. Sería un escándalo. Pero la Navidad también es esto: un límite que no se puede eliminar, pero es un límite que se convierte en oración. «Señor, hazme entender cómo puedo estar presente allí donde me llamas». Pero el misterio de la Encarnación no es solo mi límite, sino también el de los demás. El de la viejecita que no sabe leer y a la que tengo que intentar enseñar el catecismo de memoria. Es el límite de la babuskasorda, a la que tengo que gritar en la oreja. El de quien tiene vacas y no puede ir a la iglesia cuando yo quiera. El límite del que se va, del que está enfermo, del que no entiende. Soy yo quien tiene que ir donde están ellos, respetando su historia. Es un límite que hay que abrazar tal cual es. De otro modo no sucede nada. ¿Por qué puedo abrazarlo todo, hasta el límite? Porque yo soy el primero en ser abrazado por un acontecimiento que me ha sucedido.

Te recomiendo que entre en este enlace de Comunión y Liberación porque podrás leer con más detalle cómo se vive la fe a 35 bajo cero.