Carta a Willy Toledo

Querido Willy:

Justo cuando estaba pensando en escribirte, me he dado cuenta de que, quizás, a alguien ya se le había ocurrido. He leído entre-líneas las letras del jesuita González Faus, en su carta a Willy Toledo, y hace unos meses te escribió también mi amigo Patxi Bronchalo, también con hermosas palabras que no sé si habrás leído.

Por lo que he leído, eres actor y no muy mayor, sueles aparecer en las fotos sonriente y pareces de un trato, al menos, más afable que el mío. Creo que sus consejos o apuntes sobran. Yo sólo te escribo para hacerte dos preguntas, por si tienes tiempo de responderlas. Quizás sean tres.

  1. Sé perfectamente que no somos, muchas veces, ningún ejemplo de nada para nadie, pero por si te sirve, también luchamos por la libertad. Acabo de terminar mi Tesis Doctoral sobre la Libertad de Conciencia en la Vida Religiosa y, llevas razón, no es fácil defenderla. En realidad, tienes al Papa luchando por el fin de los abusos de autoridad, de conciencia y sexuales, todo lo que es capaz. Estoy de acuerdo contigo en que haya libertad de expresión para todos, pero no para todo. Aunque, en realidad, me cuesta creer que no se te ocurra otra manera más ingeniosa de hacerlo que ofendiendo a los demás. ¿De verdad piensas que es la más útil, la más rápida, la más atractiva o contagiosa?
  2. Mi segunda pregunta es: ¿qué tipo de cristianos conoces, que no has podido, ni siquiera pensando en ellos, cambiar tu discurso? ¿No conoces ningún sacerdote o religiosa, o algún cristiano de a pie (que los hay de muy buena gente) para plantearte que quizás, sólo quizás, a alguno de ellos, les estabas haciendo daño? Es cierto como te he oído decir que tenemos que perdonarte, puede ser también que no creas que Dios existe, pero entonces, ¿por qué te diriges a Él, haciendo daño a los que sí existen (según tú), y que pueden ser amigos tuyos? ¿Has visitado algún lugar donde las religiosas dan su vida por los más pobres? ¿Qué ganas con que faltarnos el respeto unos a otros, insultarnos de una u otra manera, ofendernos, sea permitido en aras de la libertad, la de expresión o como la quieras llamar? Ya sé que pueden molestarte estas apreciaciones pero, ¿no te gustaría más un mundo sin ofendernos? La blasfemia no te aporta nada, ni a ti, ni a los que las dicen o digan. Entiendo tu odio contra muchas cosas, pero dirígete a ellos, a mí si quieres. No te entiendo.
  3. Y la última pregunta es ¿por qué? No eres muy mayor. Un poco más que yo, solamente. ¿Cuáles son las heridas, o las experiencias, o los motivos últimos que te mueven a actuar o a hablar así? Porque, para un momento: este actuar no viene de ahora. Esto pasa por algo, como todo. Algo te ha ocurrido. No pretendo que me lo cuentes, ni tampoco sé si sabría ayudarte. Lo que tengo claro es que llevan razón los que dicen que no sirve de nada aplicar la justicia para eso. Que Cristo nos enseñó a perdonar. He tardado días en poder dirigirme a ti, sin estar enfadado. Me ha costado aplicar aquello de que el amor es comprensivo (que leemos en las bodas). No te considero mi enemigo, ni quiero que tú lo seas, pero sepas que ahora, en unos minutos, voy a celebrar Misa y voy a rezar por ti. Para que Dios mismo, en persona, o a través de algún cristiano, se te haga presente y pueda tener la ocasión de mover tu corazón al Amor de Dios.

Me tengo que despedir. Espero que estas letras no te molesten. Sólo quería hablar contigo y no he visto una manera mejor. Si algún día puedo ayudarte en algo, lo intentaré. Siento que será posible que un cristiano te muestre su amor, para que el odio de tus palabras, que no creo que esté en tu corazón también, sino que solamente sea externo, desaparezca y podamos juntos, luchar por la libertad, la de verdad, esa que quería Jesús cuando nos dijo: LA VERDAD OS HARÁ LIBRES.

La paz, hermano. Un saludo de un cura rural: Antonio María Domenech+

P.D. Si tienes tiempo mi correo electrónico es: antoniomariad@hotmail.com(por si alguien te hace llegar estas letras)

Este post del blog del padre Antonio M. Domenech, también puedes leerlo aquí: Se llenaron de inmensa alegría