«Cuando conoces a Cristo, no te quedas indiferente»

Alfa y Omega entrevista Gabriel Robledillo, uno de los tres sacerdotes ordenados este domingo de manos de monseñor José María Yanguas, obispo de Cuenca, en el santuario mariano de Torreciudad. Nadie le ha regalado nada. Es de Jódar, provincia de Jaén. Pero también es medio catalán, donde fue a vivir con sus padres, en busca de trabajo, en plena adolescencia. Más tarde, después de 16 años trabajando en un matadero de aves, se licenció en Filología Hispánica. También fue profesor durante varias décadas en un colegio de Jaén. Y ahora, con 57 años, sacerdote.

Trabajo y estudio

Con la familia recién llegada de Andalucía, Gabriel tenía 14 años, se puso a trabajar enseguida, con una jornada que comenzaba a las 06:00 y acababa a las 14:30 h. Su cometido era quitar la carne al ala izquierda de la gallina, 8.000 alas cada día. «Éramos unos 50 trabajadores, y casi todos de la misma edad. Formábamos un buen grupo, y nos considerábamos amigos. El trabajo era monótono, pero disfrutábamos en conversaciones y bromas. Recuerdo que a veces me pedían que les contara historias de los personajes de la Biblia. A las doce del mediodía parábamos para rezar el Ángelus. Como anécdota, mi primer sueldo fueron 1.500 pesetas al mes». Y luego, poco tiempo para juegos: la Secundaria y el Bachillerato le esperaban en el turno de tarde en el Instituto Baix Penedés, de El Vendrell, «donde también tenía muy buenos amigos, incluso entre los profesores».

Al poco tiempo de estar en Tarragona, conoce el Opus Dei, y pide la admisión con 19 años. «Lo que más le impresionó del Opus Dei –recuerda– es que una persona puede llegar a la santidad ofreciendo su trabajo a Dios; que lo importante no es la profesión que uno tenga, sino el amor con que hace ese trabajo». Son tiempos en los que combina las aves con la literatura, ya que consigue la licenciatura en la Universidad de Barcelona. Más adelante, en 2005, se doctora en Teología con una tesis sobre La Cruz en Calderón de la Barca.

Si le preguntas por un rasgo particular, por cómo se definiría, Gabriel no pretende dar ningún titular, ni ser original. Simplemente, señala que es una persona «con muchos amigos, con quienes disfruto, estando con ellos siempre que puedo».

Pasión por comunicar

Con el nacimiento de internet, se popularizó la expresión periodismo ciudadano, que hacía referencia a que cualquier persona, con un poco de esfuerzo e interés, podría desplegar sus dotes periodísticas gracias a un móvil o un ordenador. En el caso de Gabriel, se puede decir que ha sido un periodista consumado, sin ser periodista.

Colaboraba en la radio local de Calafell, y los sábados por la tarde tenía un programa cultural llamado Temps de cultura. Comentaba temas culturales: recomendaba libros, películas, actos culturales, y entrevistaba a alguien que tuviera algo que decir de la cultura. Poco a poco, se enamoró de las ondas. Años más tarde, también pudo hacer sus pinitos en la cadena SER, en Jaén. Pero no solo se aficionó a la radio: «He escrito infinidad de cartas para la prensa», en los que procuraba dar un poco de luz en temas de interés humano.

Y, no de repente, sacerdote

«Dios llama cuando quiere, por la mañana, al mediodía o por la tarde», explica Gabriel, con unas palabras del Evangelio. En su caso, la llamada ha llegado con el sol ya de caída, a la hora de un partido de Champions, como quien dice. Aunque recuerda con gran cariño la huella que dejaron en su vida don Manuel Agudo y mosén Joan Llort, dos sacerdotes ya fallecidos con quienes se confesaba en sus años mozos de Jódar y, después, en Tarragona. También le viene a la memoria doña Consuelo, profesora de Religión que «me enseñó a rezar el Ángelus, cuando tenía apenas 9 años».

Gabriel está convencido del atractivo de Jesucristo, que es la fórmula para atraer a la fe a la gente joven. «Nadie que conoce a Cristo se queda indiferente», responde seguro. Y del papel del sacerdote, no duda: «Cuando yo veo una persona, estoy delante de un hijo de Dios. No miro si es cristiano o no».

El recuerdo a sus padres está muy presente en su corazón. «Mi ordenación la vieron desde un balcón en el cielo», apunta Gabriel. En realidad, comenzó su preparación para ser sacerdote hace ya dieciséis años, pero tuvo que interrumpirla para estar cerca de su padre y su madre, enfermos. En 2008 fallecía su madre, y el año pasado, su padre.

El artículo completo puedes leerlo aquí: Alfa y Omega