Un rebelde en Madagascar

Cuando vio la escena se quedó sin palabras. Alfa y Omega nos muestra un testimonio de generosidad y dedicación a los demás de un misionero argentino, el Padre Pedro Opeka:

Pasó ya mucho tiempo desde su llegada a Madagascar, en 1970, siendo seminarista. Atrás dejó una Argentina donde «no había hambre» y apenas el tres por ciento de la población sufría la pobreza. Paradojas de la vida, hoy la padece el 30 por ciento.

A los 22 años quiso seguir los pasos de san Vicente, fundador de los padres paúles, que en 1648 mandó los primeros misioneros a la isla africana. Entonces tardaban un año en llegar, casi todos morían de malaria o paludismo. Pasó 24 meses allí como joven trabajador, construyendo dispensarios y capillas, aprendiendo las costumbres del pueblo malgache. Decidió que ese sería su lugar en el mundo. Regresó en 1976, para no irse nunca más.

Primero vivió 15 años en el sureste de un país más grande que España, de casi 600.000 kilómetros cuadrados y 25 millones de habitantes. Luego se fue a la capital, Antananarivo, donde chocó con el individualismo y la falta de solidaridad. «La extrema pobreza mata la cultura, mata el alma y la dignidad de un pueblo, de las personas. Vi que los pobres de la capital habían perdido el alma. Eran malgaches pero sin raíces», sigue.

Empezó por el vertedero local. Allí asistió a la escena de los niños con los cerdos y pensó: «Acá no tengo derecho a hablar». Aquella noche se arrodilló junto a su cama e imploró la inspiración para ayudar. Al día siguiente volvió al basural y buscó a uno de los jefes. «Blanco, ¿qué quieres?», le preguntó uno de ellos. «Hablar con usted», replicó él en malgache. Así, terminó ofreciendo su ayuda a un grupo de jefes tribales sentado dentro de una casucha de 1,3 metros de altura. Ese fue el inicio del movimiento Akamasoa (Los buenos amigos).

«Ellos pensaron: A este blanco lo vamos a ver un mes, después se va a cansar y se va a ir. Estaban cansados de creer en promesas que nunca se cumplían de tanta gente que pasaba, a mí me tomaron a la ligera, pero yo me quedé», constata, con un toque de satisfacción.

Hoy por hoy, la obra ocupa un amplio territorio con dispensarios, campos de deportes, electricidad, calles y espacios verdes. Una pequeña localidad donde rige una ley: trabajo, educación, disciplina. Monpera, como conocen al padre Pedro, asegura que ellos probaron que la pobreza extrema se puede vencer, siempre con la verdad y el ejemplo. En 30 años, más de 500.000 personas pasaron por el centro Akamasoa; 25.000 residen allí establemente y otras 30.000 reciben alguna ayuda puntual cada año.

fue recibido en el Vaticano por el Papa. «Pedro, ¿cómo estás?», lo saludó Francisco, con afabilidad. Sus pasos se habían cruzado entre 1966 y 1968. Jorge Mario Bergoglio terminaba sus estudios teológicos en el Colegio Máximo de San Miguel y Opeka comenzaba la filosofía con los padres paúles en esa misma casa de estudios. No se hicieron amigos, se llevan once años de diferencia. Pero el misionero asegura que ya el nombre de Bergoglio resonaba en la facultad como «hombre capaz, inteligente y dinámico».

Cuando se vieron en el palacio apostólico, el Pontífice disparó: «Pedro, ¿ya preparaste tu reemplazo? Mirá que la vida se acaba para todos». El misionero apuntó: «Me habló de la muerte como algo natural. Yo le dije: “Si, Santo Padre, tengo la gracia de Dios de haber encontrado más de 500 colaboradores y sobre todo colaboradoras”. Se quedó muy contento. Encontré en él un hombre de mucha paz, lo vi muy feliz».

El artículo completo puedes leerlo aquí: Alfa y Omega