Del infierno de la droga a salvar adictos

El diario el Mundo nos muestra una historia de superación familiar, la de la familia Bravo, que es todo un ejemplo puesto al servicio de los demás:

Ver a una madre gateando a cuatro patas, tambaleándose con una botella de ginebra en la mano y cogiendo una papelina de coca de entre la ropa. Verla como si estuviésemos mirando por un circuito cerrado de televisión en la vivienda y nadie nos observara. Ver a esa madre con la lengua de trapo y la mirada de pez, cayendo cosas al suelo. Ver al hijo mayor esnifando una raya de cocaína a los 14 años. Ver al hijo pequeño consumiendo éxtasis y cannabis, encerrado en su habitación con el pastor alemán, fumadísimos los dos. Verlos así muy borrosos a los tres, como en una pantalla líquida. Año tras año. Y luego, al cabo del tiempo, verlos a todos de pie. Limpios por dentro. Luminosos por fuera. Frotándose los ojos: lo que hay que ver.

– Yo le echaba todas las culpas de mi adicción a mi madre, el hecho de haberla visto así -la mira Ramón, el hijo mayor-. Para mí era la bruja hija de puta de mi madre.

– Ellos me veían así, sí. Le decía a su hermana pequeña, con cinco años, que me trajera una cerveza a las ocho de la mañana. Ya bebía mucho. Dos años antes del embarazo de la niña, empecé con la cocaína. Tenía escondidas botellas y coca en cajas de zapatos o en el armario.

– Un día casi la mato -la vuelve a mirar Ramón-. Fue cuando mi padre y ella, que ya llevaba cinco años limpia, dijeron de ingresarme en un centro para desintoxicarme. Ese día cogí un sofá cheslón de cuatro plazas y lo volteé. Mi padre me tuvo que parar y ponerse en el medio porque quería matarla.

María José, la madre, no consume ninguna sustancia psicoactiva desde hace 19 años. Ramón, el hijo mayor, desde hace 14. Jesús, el hijo pequeño, desde hace cuatro. Hay sagas familiares que se vienen arriba con una botella de agua mineral. Como los Bravo Moya, de adictos a terapeutas.

«Soy adicta, aunque no consuma, porque esto es una enfermedad crónica. Y he pasado de llevar la enfermedad como una carga a estar orgullosa de mi enfermedad, mi enfermedad me ha dado una segunda oportunidad: la de ayudar a los demás».

Hoy tienen un centro para ayudar a toxicómanos en Granada. «Aquí todos los terapeutas somos adictos recuperados que hemos recibido una formación», explica Ramón. «Yo, por ser un adicto recuperado no me creo más guapo, ni sé más que uno que no lo ha sido, ni acierto más. Pero todos tenemos una historia. Y esta es la de mi familia».

Te recomiendo que leas toda esta historia de superación: El viaje de la familia Bravo: del infierno de la droga a salvar adictos