Dios llama a la generación selfi

«Los llevo en el corazón». Son las palabras con las que comienza el Papa la carta a los jóvenes con ocasión de la presentación del documento preparatorio para el Sínodo. Francisco ha colocado a la Iglesia en estado de sínodo. Para ello, ha puesto en relación tres realidades fundamentales para el futuro de la Iglesia: jóvenes, fe y discernimiento vocacional. El Papa quiere que todos tomen actitud activa para afrontar uno de los grandes retos eclesiales y, por supuesto, sociales, como es el desafío juvenil. La vida consagrada se siente así comprometida e interpelada a tratar de dar respuesta a las numerosas interpelaciones que los jóvenes plantean a la Iglesia. Y lo hace porque ella se percibe cercana a tantos jóvenes a lo largo de su crecimiento en la fe, su compromiso misionero y su testimonio solidario por medio de numerosas presencias, procesos e iniciativas.

En el horizonte de las opciones existenciales de un joven que desea confrontarse con la gracia de una vocación particular, se encuentra la vida consagrada. Ahora bien, cómo afrontar el discernimiento vocacional hacia ella. Cómo conseguir que los jóvenes de nuestro tiempo alcancen un cierto grado de profundidad. Cómo llegar a hacerse propuestas tan serias, fuertes y definitivas como es una consagración religiosa para siempre.

Para no caer en una visión pesimista, vaya por delante que existen muchos jóvenes responsables, generosos, solidarios, con ganas de cambiar las cosas y comprometidos con su fe que dan testimonio en muchos lugares. Aunque si nos guiamos por los datos generales de los últimos estudios sociológicos, también nos podemos preguntar: ¿puede un joven de la llamada generación selfi de nuestros días, inmerso en una cultura de lo débil y que tiene difuminados los grandes relatos, hacerse un planteamiento vocacional? Partimos de una convicción: Dios sigue llamando hoy. Y creo que la vida consagrada puede ayudar a clarificar estas situaciones desde tres claves: la mistagogía, el testimonio y la fraternidad.

Espiritualidad

A mi juicio, una gran parte de los jóvenes de nuestro tiempo han perdido la capacidad de comprensión de la realidad del misterio. El nativo digital se conforma con una relación inmediata, fruitiva, de aquello que es automáticamente descifrable y evidente. Por eso, si hoy hay necesidad de algo es de encontrar verdaderos mistagogos: personas que acompañen y hagan posible el camino de introducción en el misterio de Cristo. Considero que esta es una de las demandas más fuertes de los jóvenes de hoy a la Iglesia, en general, y a la vida consagrada, en particular: ser posibilitadores de una auténtica experiencia de Dios.

Testimonio y fraternidad

La fe cristiana es una religión donde las mediaciones son fundamentales (encarnación). Por eso, «las historias personales en la Iglesia son caminos efectivos de evangelización en cuanto son experiencias personales y verdaderas que no pueden ser debatidas». Así lo han dejado escrito los jóvenes en el documento del presínodo. La historia de los consagrados está marcada por muchos testimonios de santidad que son caminos de vida y plenitud. Esta es una gran demanda que los jóvenes hacen y que el Papa, de alguna manera, ha querido ratificar hacia la vida consagrada: además de la oración, el testimonio. La vida de una persona es la mejor llamada hacia otros que quieran compartir un proyecto de fe, vida y carisma. Junto al testimonio personal, la vida consagrada puede ofrecer un gran testimonio colectivo. En un mundo de relaciones virtuales que generan una gran soledad interior; en un mundo tan frío, insolidario e inhóspito, el testimonio de la fraternidad se alza como faro que guía un camino de seguimiento del Señor que quiso a sus discípulos con un solo corazón y una sola alma. Se trataría de una verdadera comunidad forjada en encuentros personales auténticos, no exenta de dificultades, pero que apunta a una comunión mucho más amplia y transcendente.

La cosecha es de Dios

Todo joven está llamado a confrontarse con una pregunta decisiva: ¿cuál es el sueño de Dios sobre mí? Para los jóvenes es fundamental introducirse en un proceso de discernimiento sobre lo que Dios quiere de su vida. Para ello, el Papa tiene una doble interpelación clara: «No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro». Alejar el temor y dar un paso adelante ante las llamadas que el Espíritu infunde en los jóvenes se constituyen en elementos básicos para afrontar cualquier discernimiento vocacional. La vida consagrada, experta y experimentada en la búsqueda de Dios (quaerere Deum) puede jugar un papel decisivo a la hora de ayudar a los jóvenes a dar respuesta a tan vital encrucijada. En primer lugar, tendrá que salir de sí misma y salir fuera para sembrar Evangelio y esparcir misericordia. A continuación, ayudar a reconocer, interpretar y elegir las llamadas de Dios en los jóvenes. Nada tan apasionante como poder hacer de puente para las próximas generaciones. Por eso, no escatimemos tiempos ni presencias. La cosecha será siempre de Dios.

Fuente: Alfa y Omega

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