Comprométete… si te atreves

En mis años universitarios de soltera en el pisinho solíamos organizar bastantes “copas” los fines de semana. A partir de cómo contestaba —o dejaba de contestar— cada uno de los invitados a la fiesta descubrí que había diferentes tipos de personas y que se podía extrapolar a cualquier situación de la vida que requiriera de un compromiso. Ya no hablo de un compromiso super gordo y existencial sino de compromisos cotidianos.

Clasificación (incompleta, como toda clasificación) sobre la tipología de las personas ante los compromisos.

  1. Gente que dice iré, y va. (Es decir, la gente normal)
  2. Gente que no dice nada, y va. (De estos me encontré menos, pero existen)
  3. Gente que dice iré, y no va. De los cuales:
    • i) Gente que no avisa
    • ii) Gente que avisa
      i) y ii) a su vez pueden dividirse en:
      a) Gente que tiene un motivo de peso
      b) Gente a la que simplemente le ha dado flojera.

Lo que me empezó a preocupar de todo esto es pensar en qué valor le estamos dando a nuestra palabra. Si no somos capaces de mantener lo dicho en algo tan fácil como esto… ¿cómo vamos a comprometernos con lo grande? Eso lleva también a plantearnos cómo tenemos en cuenta (o no) a los otros. Si somos del tipo de persona que siempre ante una propuesta contesta con «Ya si eso te digo/ te llamo/ nos vemos…» o hace la “pregunta eco” (como muestra este anuncio). O si por el contrario somos sinceros y consecuentes, es decir: nuestras palabras comunican lo que pensamos y luego actuamos conforme a eso.

Por seguir con el ejemplo de las fiestas en el pisinho… mi amigo Fares a veces podía venir, otras veces no, y en las que estaba dudoso solía decirme: «Aunque sea me pasaré a saludar». La primera vez que me lo dijo, pensé que era una versión elegante del «Ya si eso…», pero no, Fares se pasó a saludar. Y siempre lo hizo así.

En el tiempo que llevo trabajando en el voluntariado de mi Universidad [no os perdáis este vídeo que sintetiza a qué nos dedicamos] he tenido la suerte —el regalo— de conocer gente increíble. Personas que, como suele decir mi jefa, ponen el corazón en lo que hacen… y también la cabeza. Y eso se traduce en que se comprometen, hasta el fondo, y no se contentan con lo que hacen sino que buscan cómo ayudar más, cómo ayudar mejor. Así, Teresa decidió ampliar el equipo de baloncesto para hijos de inmigrantes y creó un equipo para las madres de los chavales; Alejandro preguntó a su profesora de español cómo mejorar las clases de castellano que daba en una asociación que atiende a mujeres del Este; Eva pensó cuáles eran los cauces más adecuados para ayudar a difundir un evento solidario y se puso a ello…

Una vida sin compromisos es triste. Es triste ser el amigo que el resto del grupo ya sabe que se va a rajar del plan en el último momento. Es triste que digas que irás y que luego te pare un dolor de uña del dedo gordo del pie. Es triste no llegar a conocer a nadie en profundidad y así asombrarte con toda su riqueza interior porque no eres capaz de mantener los lazos que creas y «solo se conocen las cosas que se domestican», como le dijo el zorro al Principito en ese pasaje precioso en el que hablan también de la importancia de los ritos.

Eludir comprometerse para no perder la libertad, no tiene sentido, como ya comenté en ¡Viva el amor libre! Pero, ¿y si resulta que sí quieres pero no puedes? ¡Entrénate! Si eres un dejaho, un veleta, uno de esos que mueve su vida según el mapetece o nomapetece… no todo está perdido. Siempre estás a tiempo de empezar a vivir al más puro estilo ser humano.

No descubro América si digo que los compromisos pequeños nos preparan para los compromisos grandes. Compromisos grandes como casarse, porque además, si crees que lo más difícil es dar el «sí, quiero», estás equivocado… ese «sí» debe materializarse a lo largo de la vida en cientos de miles compromisos de diversos tamaños y formas. Un «sí» con forma de caricia, de perdón, de ramos de flores, de superar juntos una dificultad, de sorpresa, de conversaciones a corazón abierto. Un «sí» con forma de «para siempre».

Lucía M. Alcalde

Fuente: #MakeLoveHappen

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