Tres jóvenes japonesas quieren abrazar la Fe.

Articulo de Ester Palma para Alfa y Omega. Ester ha escrito algunos post para nuestra web.

Ayaka, Hidero y Aoi son tres hermanos de la diócesis de Yokohama, en Japón. Ayaka (a la izquierda) quiso ser católica cuando tenía 12 años y le dijo a su madre: «No necesito ningún regalo esta Navidad, pero por favor, no me cambies de colegio, quiero ir al que tiene la Virgen María». Asistía a un colegio católico, aunque nadie en su familia era cristiano, y su madre quería cambiarla a uno público. Conmovida, no la cambió de colegio.

En la siguiente Navidad, una maestra del colegio invitó a Ayaka a asistir a la Misa de Navidad en la parroquia. Sus dos hermanos menores dijeron que también querían ir. Su madre, preocupada por dónde se iban a meter sus hijos, fue con ellos. Después de la Misa el párroco se acercó a darles las gracias por haber asistido. Ayaka le dijo: «Me gustaría ser cristiana». El sacerdote le dijo que, como era muy pequeña, solo podría hacerlo si su madre daba el consentimiento. Cuando lo hablaron en casa, los dos hermanos pequeños quisieron unirse a y su madre, con más preocupación que entusiasmo, se apuntó con ellos a la catequesis de Bautismo. Así fue como Ayaka y tres miembros de su familia se hicieron cristianos. Años más tarde, el padre también.

Ayaka participaba en un club de percusión del colegio y los niños comenzaron a hacerle bullying; le ponían la zancadilla o se reían de ella. Ella no decía nada en casa. Sin embargo, unas niñas se lo hicieron llegar a una profesora, que habló con Ayaka: «He oído que te están haciendo la vida imposible, ¿quieres que les diga algo a esos niños?». Ayaka contestó: «No se preocupe, no me importa, me dan pena los niños que se ríen de otros niños. No les diga nada, peor fue lo que le hicieron a Jesús».

Aoi (a la derecha) cuando tenía unos 11 años también fue víctima de bullying porque tiene un tic. No lo pudo soportar y dejó la escuela durante tres años. Una catequista, preocupada porque ya tenía edad de empezar la escuela media y sabiendo que cantaba muy bien, le pidió cantar el salmo en Misa. Aoi se sorprendió tanto de que alguien se fijara en ella que recobró mucha confianza en sí misma. Este fue el principio de su vuelta al cole. Aoi canta todos los domingos el salmo en la parroquia. Ahora está en el instituto y quiere dedicar su vida para ayudar a otros niños que sufren abusos o que son diferentes. Esta es una de las realidades de Japón, el maltrato infantil y así es como la fe responde a estos jóvenes.

Ester Palma González
Misionera en Corea.
Servidores del Evangelio de la Misericordia

Articulo Original de Alfa y Omega