No hay límites de edad para ayudarles

De entre sus 200 sacerdotes, el obispo seleccionó a uno de ellos: Gnnana, un joven con muchas inquietudes que desempeñaba su labor pastoral en una parroquia rural. Le propuso todo un desafío: que aprendiera italiano y fuera a Roma para licenciarse en Comunicación Social de la Iglesia, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Allí partió Gnnana con gran ilusión, sabiendo que muchas personas generosas tendrían que apoyar su formación en Roma, porque el coste de desplazamiento, residencia y estudios durante dos años era inalcanzable para las finanzas de su diócesis.

Entre sus benefactores surgió un grupo de jóvenes de un colegio español del Puerto de Santa María (Cádiz).

Claro que Gnnana contaba con sus oraciones y la de otros muchos para conseguir el objetivo. No estaba equivocado, entre sus benefactores surgió un grupo de jóvenes de un colegio español del Puerto de Santa María (Cádiz). Un lugar y unas personas totalmente desconocidas para Gnnana, pero que cada día encomendaba al celebrar la Santa Misa, ya que ese grupo de jóvenes de 3º de Primaria y 2º de Bachillerato, impulsadas por sus educadoras, contribuirían con los gastos de su formación.

Así fue como se cruzaron las vidas de un sacerdote de la India y de unas jóvenes estudiantes del Puerto de Santa María, y por las que Gnnana rezará el resto de su vida.

Compromete pensar que detrás de la llamada del Señor a la vocación sacerdotal hay otra llamada a cada uno de nosotros para poner los medios que garanticen que esa vocación prospere y dé los frutos que Dios espera.