Entre pucheros. Las cistercienses de Calatrava.

«Antes hacíamos trabajos informáticos, pero se nos acabaron los encargos y hemos empezado a hacer dulces para sobrevivir», reconoce sor Crescenta, la madre abadesa del monasterio de monjas cistercienses calatravas de Moralzarzal, en Madrid. Estas pastas de nuez y otras muchas variedades se pueden encontrar en la portería de este recinto de paz, donde tienen además una hospedería «a la que se puede venir a descansar o estudiar y, lo más importante, algunas personas se encuentran con Dios».

El monasterio, de reciente creación (lo acabaron en 1980) es poco conocido por los vecinos y excursionistas de la sierra madrileña. A cinco kilómetros de Moralzarzal, las nueve monjas de la comunidad –la mayor tiene 96 años– reciben a grupos parroquiales y sacerdotes, «aunque nos gustaría que se nos conociera más. ¡Hay gente que todavía no se ha enterado de que hace 40 años que hay monjas aquí!».

Foto: Monasterio de Moralzarzal

La comunidad itinerante

El monasterio es nuevo, pero no la comunidad, cuya fundación data de 1218 en Pinilla de Jadraque (Guadalajara). Pertenecían a la orden del Císter, «que en aquella época era como el sarampión, se propagaba de forma veloz». Aunque pronto pasó a pertenecer a la Orden Militar de Calatrava, nacida al albor de la Reconquista. «Todavía quedan ruinas de aquel monasterio, aunque no lo he podido visitar por aquello de que soy monja de clausura». Fue el Concilio de Trento el que, por su mandato de que los monasterios estuvieran intramuros de las ciudades, las llevó hasta la localidad alcarreña de Zorita de los Canes, junto a uno de los castillos de la orden calatrava –llamado así por ser donde se adiestraban los canes para la batalla–.

No fue el lugar ideal. En pocos años murieron más de 20 monjas por la insalubridad y la pobreza extrema en la que vivían. Pero en 1624, «gracias a la abadesa de entonces, llegaron a Madrid, ciudad de la corte».

Periplo por los madriles

En la capital comenzó su periplo, primero en la calle Atocha y después en la calle Alcalá –donde ahora está la iglesia de las Calatravas–. Pero durante la I República desalojaron a las monjas y derribaron el convento, motivo por el que tuvieron que trasladarse a vivir con las comendadoras de Santiago. «Allí las aislaron y no dejaron que entrasen nuevas vocaciones, así que solo quedaron dos monjas». Los caballeros de Calatrava supieron de esta fatal noticia y las ayudaron a salir, estableciéndose en el convento dominico de Fuencarral, que estaba vacío desde la desamortización. Era el 13 de agosto de 1896.

Allí la comunidad pudo rehacerse numérica y económicamente. La reina María Cristina y la infanta Isabel fueron las mayores benefactoras de la comunidad. En 1912 se trasladaron al lado del templo de Debod, pero la durante la guerra destruyeron su casa y las mandaron a la cárcel. Terminada la contienda, monseñor Eijo y Garay las llevó a la calle Hortaleza. Y de allí, a la sierra madrileña.

No es baladí el recorrido de este monasterio, que por fin descansa entre los aires de la sierra «con unos amaneceres preciosos».

Fuente: Alfa y Omega.