Ha llegado la hora

Las puertas de la misericordia se han abierto para cada uno de nosotros en nuestras diócesis. Esta demoledora causa hacia nuestros egoísmos nos comunica que Dios quiere abrir la puerta de nuestros corazones, quiere entrar en nuestras vidas y llenarlas de su amor.

Hemos abierto la Puerta Santa, aquí y en todas las catedrales del mundo. También este simple signo es una invitación a la alegría. Inicia el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Es el momento de descubrir la presencia de Dios y su ternura de Padre. Seamos también nosotros como la gente que interrogaba a Juan: «¿Qué cosa debemos hacer?» (Lc 3,10).” (Papa Francisco – homilía en la Misa celebrada en la Basílica de San Juan de Letrán)

Este Jubileo nos ofrece experimentar con más hincapié la cercanía de Dios, experimentar a un Dios que consuela, perdona y ofrece esperanza. ¡Dios se ha enamorado de nuestra pequeñez, dejémoslo que nos empape de ese amor!

MisericordiaSantillan

Este Jubileo nos zarandea a tener un compromiso más radical y, por tanto, nos pide ser instrumentos de misericordia; añadía el Papa: “Quien ha sido bautizado sabe que tiene un compromiso más grande. La fe en Cristo lleva a un camino que dura toda la vida: aquel de ser misericordiosos como el Padre.” La Iglesia nos ofrece este año dedicado a la misericordia para profundizar en nuestra vida espiritual y mejorarla. No podemos “auto-dirigirnos” en nuestra vida espiritual, sería como un diálogo entre besugos, es decir, inútil. Por tanto, necesitamos a alguien que nos ayude, un director espiritual. Con su ayuda podremos presentar a Dios nuestras miserias y nuestras ganas de cambiar y ser santos. ¡Ojo! Dios nos ama y por tanto quiere lo mejor para nosotros. Él no quiere que seamos cristianos a medias, Él quiere que seamos cristianos en acción y contemplación. Sin embargo, para llegar a serlo, debemos revisar nuestra vida… ¿Qué pecados tenemos? ¿Los tenemos en cuenta? ¿Son rutina?

Una vez revisada es cuando la misericordia de Dios actúa. Dios nos pone en nuestro corazón aquello que está bien y mal.

Todo esto es posible con la oración, con el trato amistoso con Dios. Sin oración no hay profundización, sin profundización no hay misericordia y sin misericordia no hay esperanza. Misericordia es lo que el mundo necesita y misericordia es lo que vamos a dar.