El demonio es el rey del postureo

Recogemos la última audiencia general de nuestro querido Benedicto XVI para escribir esta Voz del Papa de hoy. En ella el actual Papa emérito hablaba de las tentaciones de Jesús, que también son muy reales hoy día. Todos tenemos tentaciones, a todos el demonio nos lleva por caminos que a veces ni pensábamos transitar, todos nos sentimos tantas veces atraídos por él y por la manera tan atractiva con la que nos presenta tantas cosas y tantos planes, nos invita tantas veces a aparentar…

Recordamos las tres tentaciones a las que el mal espíritu invita a Jesús en el desierto: convertir una piedra en pan, dominar el mundo desde lo alto y tentar a Dios para que lo salve tras tirarse del alero del templo de Jerusalén.

¿A qué tentaciones tenemos que hacer frente nosotros actualmente? Benedicto XVI nos apunta algunas que siguen de vigente actualidad:

  • Someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses o ponerle en un rincón.
  • Pensar que somos los únicos constructores de nuestra vida.
  • No oponerse públicamente a opciones para muchos obvias como el aborto en caso de un embarazo no deseado, la eutanasia en caso de enfermedad grave o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias.
  • Dejarse invadir por espejismos, apariencias o cosas materiales.
  • Cerrarse en uno mismo y no dejar espacio a Dios ni a la realidad cotidiana.

Ante todas estas tentaciones tan humanas y tan cotidianas, el Papa -ahora emérito- nos invitaba a una acción sencilla y profundamente complicada: ¡conversión! A veces creemos que la conversión es dejar de ser lo que somos para convertirnos en seres de luz y ¡nada más lejos de la realidad!, porque -según Benedicto XVI- convertirse significa no encerrarse en la búsqueda del propio éxito, del propio prestigio, de la propia posición, sino hacer que cada día, en las pequeñas cosas, la verdad, la fe en Dios y el amor se transformen en la cosa más importante. Dios nos sale al encuentro tal y como somos y estamos, nos pide ir dejándole cada vez huecos más grandes en nuestra vida para ponerla en sus manos y, así, en las manos de los que nos necesiten. ¡Pedir la gracia de la conversión! ¡Pedir al Señor que cada día seamos más Él y menos nosotros! 

Nos invita a preguntarnos: ¿Qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo?