Una semilla que hay que cuidar

Pensemos que ya has visto lo que Dios te pide, que has descubierto Su voluntad y los planes que desde la eternidad tenía previstos para ti. Has sentido la llamada, la vocación, y al mirar atrás hasta quizá ves señales de que el Señor te había elegido para eso y te lo había intentado decir antes mediante personas o circunstancias. Perfecto, has dado pasos importantísimos pero ¿y ahora?

Cada caso es un mundo, y por eso el café con leche para todos siempre es un error. Por ejemplo, si tienes pareja y has visto que lo que Dios quiere es que os caséis… tendrás que hablarlo con ella. Pero… ¿y si has visto que tu camino es como sacerdote o religiosa? ¿Qué hago? ¿A quién se lo digo? Sé que da vértigo -porque a mí me pasó-, pero también es fácil: busca una persona adecuada que te aconseje. Por ejemplo: ¿crees que tu camino es ser sacerdote diocesano? Habla con un sacerdote diocesano, si es posible con tu párroco. ¿Crees que es ser monja carmelita? Dirígete a un convento de monjas carmelitas para que te aconsejen. Es lo que dicta el sentido común y, si algo no te recomiendo, es que busques atajos o te saltes los cauces establecidos por la Iglesia, porque muy seguramente esos no serán los planes de Dios. La vocación es algo de Dios, tuyo y… ¡de la Iglesia! Ella no es un añadido, es el 33% del proceso y de la decisión final.

Pongamos que no estás seguro de lo que quieres hacer o no lo terminas de ver con claridad, y que mientras lo “repiensas” prefieres empezar a estudiar una carrera o seguir algún tiempo más con tu trabajo. ¡Perfecto! Los apóstoles soltaron las redes al instante porque lo tenían claro… pero tú no tienes por qué tenerlo. ¿Qué hacer entonces? Exactamente lo mismo que antes te decía: busca el asesoramiento correcto y, si intuyes que en un futuro podrías entrar en un seminario o en una orden religiosa… ponte desde ya en manos del rector o de la superiora, dile tus dudas o tus temores… y no te quepa duda de que ellos no querrán captarte sino simplemente te aconsejarán que hagas lo mejor para ti.

Y es que no es de prudentes callar e ir por libre para no hacer saltar la liebre. Es más, de hecho es una actitud un tanto sospechosa actuar de esa manera. ¿Qué hay que ocultar? Quizá pienses que si luego descubres que no tienes vocación para la vida consagrada has creado falsas expectativas y desilusión, pero no es así… ¡simplemente habrás acudido al sitio previsto para que te aconsejen y guíen, y allí lo habrán hecho con mucho gusto! Y, además, habrás descubierto en el sitio adecuado y querido por Dios que ese no era tu camino. No es un fracaso, ¡es un paso más hacia tu verdadera felicidad!

Y es que toda vocación es un don inmerecido, un regalazo de nuestro Padre que tanto nos ama y que quiere nuestra felicidad. Él solo espera que correspondamos a su llamada con gratitud, que la acojamos como una semilla y la hagamos crecer en nuestras almas con esmero, dedicación y humildad, con la ayuda de la Iglesia Universal, y no como si de un tesoro que puedes poseer, guardar o esconder se tratara.