Testimonios

¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios para mí? ¿Qué es lo que estoy buscando?

¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios para mí? ¿Qué es lo que estoy buscando? ¿Qué es lo que desea mi corazón? Son las preguntas que escribí en la última reunión de Effetá antes de que empezara el verano. Ese día nos invitaron a reflexionar sobre ellas. Yo no he podido parar de darle vueltas.

A primera vista parecen preguntas súper sencillas ¿no? “Pues soy María Jiménez y estoy buscando donde irme de vacaciones con mis amigas en agosto.” (Jajajajaja) pero me parece a mí que no era eso lo que tenía que responder. “Ahora en serio Mery.”

¿Quién soy yo?

Quién.
Soy.
Yo.

“Buah. ¡Qué preguntón!” No sabría ni por dónde empezar, y eso quizás se debe a que no sabría qué contestar. ¿Verdaderamente me conozco? ¿Sé quién soy realmente? Puede sonar absurdo. ¿Cómo no voy a saber quién soy? Pero si me pongo a pensarlo creo que hay mucho en mí que desconozco. Facetas que voy descubriendo conforme pasa la vida. Al igual que hace unos años no conocía mi “yo” fiestero y ahora sí, y que dentro de unos años quizás y si Dios quiere conoceré mi “yo” que estará formando una familia o que cuando algo me duele descubro una faceta mía vulnerable que nunca antes había visto. Y por eso creo que verdaderamente nunca voy a poder llegar a conocerme al 100%.

Pero el que sí lo hace es EL JEFE. Dios es el único que conoce me conoce por completo. cada célula de mi cuerpo. Él sabe lo que siento, lo que pienso y lo que deseo en cada momento. Él me conoce cuando soy vulnerable, Él me conoce cuando soy el alma de la fiesta y cuando estoy agobiada por los exámenes. Él me conoce en todos los aspectos de mi vida.

Y eso me lleva a la siguiente pregunta. ¿Quién es Dios para mí?

Para mi Dios, es un amigo. Un amigo con el que puedo contar para cualquier cosa, que me escucha cuando le cuento lo que me preocupa y al que puedo confiarle cualquier cosa, por muy insignificante que sea. Dios es un Padre, porque cuando estoy con Él me siento segura, porque acudo a sus brazos cuando me siento vulnerable sabiendo que su abrazo me curará todas las heridas. Y Dios para mí también es un salvavidas. Un salvavidas al que agarrarse en medio de mis tormentas. Con el que me siento a salvo y sé que evitará que me ahogue.

Pero sobre todo Dios para mi es el AMOR en mayúsculas. Porque Dios me quiere como nadie lo ha hecho, y me mira como nadie más. Con Él no hacen falta palabras. Ni explicaciones. No hace falta que me exprese de ninguna manera para que Él me entienda. Solo una mirada y ya me siento la niña más querida del mundo. Me siento tan afortunada de tenerlo a mi lado, de sentirlo cerca. Cuando estoy frente a Él me siento la niña de sus ojos. Y es que estar en su presencia me da “tantisimmaaa” paz. Que me hace sentir que no necesito nada más.

Paz

“Paz a vosotros” (lc 24,36)

Es la frase que le dice Jesús a sus discípulos cuando aparece por primera vez tras su muerte. “Paz a vosotros”.

¿Pero qué significa estar en paz? Esa es una pregunta que llevo haciéndome y haciéndole a Él desde hace tiempo.

Paz: situación o estado en que no hay guerra ni luchas”. Ese es el significado que nos da la RAE. Pero para Jesús significa algo distinto.

Cuando Jesús dice “Paz a vosotros” no quiere decir que Dios nos vaya a traer la ausencia de guerra. No significa que vayan a desparecer todos los problemas de nuestras vidas. No.

Siempre va a haber batallas y guerras que librar. Siempre va a haber una cruz con la que cargar y cuestas que subir. Así es la vida, un camino complicado lleno de baches y obstáculos. Y es ahí cuando yo le digo a Dios; “Señor, si el camino no puede ser más sencillo, quiero que mi voluntad sea más fuerte, estar más en ti”.

Cuando Jesús dijo “Paz a vosotros” decía el Padre Joaquín en su podcast “Al lío” que hablaba de una paz y plenitud profunda en nuestro corazón.

Y esto para mi es una paz que existe a pesar de haber guerras. Una paz está presente a pesar de haber cuestas que subir. Una paz ligada a la felicidad, a una felicidad plena.

Paz de saber que cumples la voluntad de Dios. Y es que cuando te dejas llevar por el Padre, cuando verdaderamente le dejas el volante a Él sin preocuparte por lo que vendrá, es ahí cuando tienes esa paz. Y esa sensación tiene que ser increíble. Sentirse tan tranquilo y a gusto sabiendo que estás en buenas manos. Y es que cuando voy al Santísimo expuesto, y fijo la mirada en Él me da risa. Risa al pensar lo absurda que debe verme allí suuuuper agobiada cuando Él lo tiene todo, absolutamente TODO bajo control.

Me cuesta mucho dejarme llevar. Es muy fácil decir “confía”, pero cuesta dejar que Él tome el control.

Y otra vez “Señor, si el camino no puede ser más sencillo, quiero que mi voluntad sea más fuerte, estar más en ti”. “Menos de mí, y más de Ti.” Porque sé que cuando sea capaz de abandonarme en sus manos. Encontrare esa Paz que tanto anhela mi corazón. Y así respondo a las dos últimas preguntas.

Paz plena es lo que desea mi corazón. Paz de la que te da el confiar plenamente en Dios. Una paz que me de felicidad. Felicidad verdadera.

Para poder vivir una vida con emoción, disfrutando cada día como lo haría Jesús. Porque estoy 100% segura de que Jesús vivía poniendo todo su corazón en todo lo que hacía. Y así quiero vivir yo, vivir al 100% poniendo todo el corazón. No quedarme en la superficie, ahondar y ser amor. Para así poder conseguir al final esa paz y felicidad. Y digo al final porque sé que en realidad esa felicidad y paz plena de la que hablaba Jesús la voy a encontrar en el cielo. Y sé que, si miro arriba, y pongo mi mirada y mi corazón en el cielo, si pongo mi mirada y mi corazón en Él me será más fácil hacer que lo que viva aquí sea un reflejo de todo aquello, para poder vivir con el objetivo de algún día llegar al cielo.

María Jiménez Ruiz

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