Testimonios

«Me llamo Teresa, tengo 18 años y estoy completamente enamorada de Dios»

Me llamo Teresa, tengo 18 años y estoy completamente enamorada de Dios.

Hace una semana mi prima me pidió que escribiera en un documento de Word un breve resumen de mi testimonio, y contesté que sí en seguida, sin pararme a pensar en lo complicado del asunto. Porque no, no soy una persona para nada extraordinaria, todo lo contrario, soy una chica normal, nacida en el seno de una familia católica y practicante que ha crecido con todo el amor que una persona puede desear, tanto por parte de mis hermanos como de Dios.

Al crecer en una familia practicante, la fe siempre me había venido “dada”, era algo que yo no me planteaba, sino que simplemente lo daba por hecho. De pequeña rezaba todas las noches con mi madre y mis hermanos, iba a misa todos los domingos, escuchaba las lecturas… Sin embargo, no era algo que yo sintiera en mi interior, sino que lo hacía más bien por tradición y por contentar a mis padres. Conforme fui creciendo, esta ausencia de sentimiento me llevó a dejar de rezar todas las noches, a ir a misa y ponerme a pensar en mis cosas… Sencillamente no tenía para nada en cuenta a Dios en mi vida, ni en mis sentimientos ni en mis acciones, lo que fue minando mi alma, poco a poco me iba apagando, me fui llenando de frialdad, odio y soberbia, lo que me llevó a entrar en un bucle que me llevaba cada vez más hondo, a sentirme cada vez más vacía, más falta de vida. Yo, que había pasado completamente de Dios durante mucho tiempo, le echaba las culpas de mi mal estar, de mi vacío interior, le recriminaba que no era feliz a pesar de que lo intentaba por todos los medios, por todos menos por el correcto.

Ahora, mirándolo desde la lejanía, me doy cuenta de que Dios no se apartó de mi lado en ningún momento, sino que me acompañó hasta lo mas hondo, y se cayó conmigo una y mil veces. El Señor fue mi cirineo a pesar de mi rechazo hacia Él. Y por eso, me llevó a Medugorje con mi madre y mi tío. Sí, me fui a una peregrinación a Bosnia sin sentir nada por Dios, porque no sabía la razón, pero mi vacío se estaba haciendo más y más grande, y sentía unas ansias de algo, de vida, de sentirme llena, y ahora sé, que lo que necesitaba y buscaba, era a Él. Y lo conseguí, por primera vez en mucho tiempo, me sentía completamente llena y feliz, éxtasis que me duró a penas dos semanas, cuando el choque con la realidad que había dejado en casa pudo conmigo, y volví a caer en el abismo que había tapado, solo que esta vez, sabía la forma de salir de allí.

Pocos meses después, Dios me dio otra oportunidad, no se rindió y me dio el empujón que necesitaba llevándome a Effetá, la mejor experiencia que he vivido en mi vida, no sólo por el retiro, sino también por la gente que allí descubrí, que me acercan a la fe día tras día y que, sin ninguna duda, son la vía de actuación del Señor. Pues sí, Effetá marcó un antes y un después en mi vida, y a ello lo siguió Hakuna, donde también me he encontrado con gente fantástica que me ayuda y me apoya siempre.

No soy la mayor fiel a Dios ni mucho menos, le sigo fallando día sí y día también, pero ahora soy consciente de ello y me apoyo en Él para mejor día tras día. La fe es una montaña rusa, un continuo sentir y dejar de sentir, pero si algo he aprendido es que no sentir es igual o incluso mejor que sentir, porque ahí es donde de verdad se demuestra el amor incondicional a Dios.

Por todo ello, hoy día puedo decir: soy la favorita de Dios, porque pase lo que pase jamás me deja sola, no se rinde conmigo y me acompaña hasta cuando le niego. Por todo ello, hoy día puedo decir: estoy enamorada de Dios.

Teresa Lagrú

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