Cambiar el mundo

Desde dónde piensas

Conviene reflexionar sobre nuestros planteamientos intelectuales de fondo, no sea que nos encontremos con corazones cristianos y cabezas ateas conviviendo de modo esquizoide en el interior de una persona. Y no sea que descuidemos la formación de la inteligencia, y eduquemos a jóvenes −hijos e hijas− con sentimientos cristianos, pero con cabezas incapaces de comprender esos sentimientos.

De modo esquemático, las cosmovisiones intelectuales de las que se nutre nuestra sociedad se pueden presentar como dos culturas en colisión.

Grandes parcelas culturales se asientan sobre un modo de entender el mundo moral en el que no existen verdades supraindividuales. Desde estos presupuestos, en el plano ético no se puede hablar de verdades, sino de deberes: los que cada individuo se da a sí mismo desde su propia autonomía. El ser humano se considera emancipado de obligaciones éticas, y se da a sí mismo su propia ley moral. No existe la posibilidad de un cognoscitivismo ético, es decir, de una especulación filosófica que encuentre presupuestos éticos con alguna pretensión de verdad. Es más, se interpreta que en la génesis de gran parte de los males y de las violencias históricas se encuentra la cuestión de que unos individuos se han sentido en posesión de ciertas verdades morales y han querido imponérselas a los otros.

Desde esta óptica, la religión solo tiene cabida en el ámbito privado, pero no puede influir en la vida pública, social, política o cultural, pues impondría sus convicciones al resto. Básicamente, nos hallamos ante una cosmovisión postmetafísica, que parte de la muerte de Dios como presupuesto. Y desde esta lógica, tampoco cabe que las tradiciones religiosas aparezcan como referencias morales.

La otra cosmovisión pretende la búsqueda de referencias éticas en las que trasparezca la verdad. Para ello se desconfía mucho de la subjetividad humana, y se buscan destellos de verdad en las tradiciones de pensamiento, en la literatura clásica, en las tradiciones religiosas, etc. En esta mirada se parte de una actitud como la que Robert Spaemann refleja en su libro Ética: cuestiones fundamentales: «Las coincidencias en las ideas morales de las distintas épocas son mayores de lo que comúnmente se cree (…). En todas las culturas existen deberes de los padres para los hijos, y de los hijos para los padres. Por doquier se ve la gratitud como un valor, se aprecia la magnanimidad y se desprecia al avaro; casi universalmente rige la imparcialidad como una virtud del juez, y el valor como virtud del guerrero».

Todas esas referencias éticas deben ser comprendidas de un modo autónomo por cada uno. Y, por consiguiente, nos movemos en una cosmovisión humanista en la que la persona busca la verdad, la belleza y el bien, en un mundo real, que no es absurdo, al que se trata de comprender, abiertos al misterio, a lo trascendente.

Como nadie piensa desde ningún sitio, sino desde un planteamiento en torno a los modelos intelectuales vigentes en la sociedad, conviene plantearse: yo, ¿desde dónde pienso? O, mis hijos, ¿desde dónde reflexionan? Y decidir las premisas intelectuales, porque nadie puede deliberar desde un pensamiento neutral, objetivo y absoluto en cuestiones éticas.

Ahora sabremos detectar la falsedad de las ideas presentadas como científicas, neutras u objetivas. Por ejemplo, como lo hace Mariona Gumpert en un reciente artículo sobre la cuestión del aborto que, irónicamente, titula “Mi moral objetiva, tu estúpida religión”. En esas líneas ridiculiza la pretensión del no creyente de presentar sus opiniones como fruto de «una objetividad especial, científica, a la hora de hacer juicios morales». También descubre la tramposa neutralidad individualista del “no me impidas hacer lo que me dé la gana, yo no te fuerzo a imitarme», que, además, conduce a la inmoralidad.

La comprensión de estas cosmovisiones contrapuestas permite, entonces, detectar qué lógica esconde un argumento o una crítica; también, facilita conocer qué planteamiento nutre una serie de televisión o una canción o una obra de teatro, etc.

Pero también sirve para comprender el lenguaje de la propia fe y su belleza intelectual. Porque solo se pueden asentar las convicciones cristianas sobre un sólido suelo intelectual si se parte de la posibilidad de conocer la verdad, con su objetividad y su subjetividad.

Por último, ayudará para formar a los hijos con capacidad de entender este mundo plural, porque van a tener amigos que interpretan la realidad desde otras premisas intelectuales, esas que no les permiten comprender el misterio cristiano. O sea, educarlos para la pluralidad, para así comprender y querer a todos como el Maestro.

Iván López Casanova.

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