Testimonios

Mi confianza en Dios

Las gracias de mi misericordia se obtienen con la ayuda de un único medio que es la confianza. Cuanto mayor es su confianza, más recibe el alma.

Empiezo con estas sabias palabras de Jesús a Santa Faustina, este breve texto, que basa su idea fundamental en la confianza, base intrínseca de todas las relaciones fructíferas. Y lo digo especialmente porque en mi caso particular, que al fin y al cabo de eso se trata (según me ha dicho mi querida amiga Patri), no había desarrollado la capacidad de confiar enteramente en los designios que Dios nos tiene preparados a cada uno de nosotros.

Ante una compleja etapa vital, uno se detiene en pensar constantemente en la casuística de todos los males que le han podido ocurrir en un momento dado, y cómo quizá si las cosas hubieran sido de tal manera, se habrían podido evitar, cayendo en una tortura poco estoica, y menos útil si no se dota de un sentimiento de fe. Etapas de sufrimiento significativo, donde desgraciadamente tenemos la tendencia innata de pensar qué hay de lo nuestro, mirar por nosotros mismos y centrar la atención en nuestro bienestar únicamente. Cosa que no nos ocurre cuando pasa al revés, y todo va bien, viene todo rodado.

Al contrario de lo que le puede ocurrir a ciertas personas (que tienden a alejarse de un Dios en el que se cargan frustraciones y desesperanzas vitales, al cual se culpa de no haber podido sacarles de una mala situación), en mi caso particular, una etapa de diversos acontecimientos vitales me sirvió para acercarme a ese Dios que a veces contemplaba desde el conceptualismo teológico, en vez de verlo como ese “Dios vida”, que se muestra en cada acto diario. Hasta ese momento Le solía tener presente más como algo rutinario o inculcado que de forma natural, sobre todo en ciertos momentos puntuales. Y muchas veces me preguntaba por qué no conseguía conectar del todo con Dios. Sin embargo, paradójicamente, tras confiar en Él en los momentos de sufrimiento pude empezar a tener una conexión real, llenarlo todo de gran sentido trascendental, y conseguir avanzar poco a poco en todos los ámbitos.

A veces simplemente no somos capaces o no queremos depositar esa confianza en Dios. Tampoco tenemos la valentía de pararnos a reflexionar, contarle todo lo que nos pasa realmente, y ser capaces de pensar que toda etapa de sufrimiento tiene su sentido, en su término real y trascendental.

Por ello creo que pese a todo necesitamos cultivar ese sentimiento de confianza, para no evadir un sufrimiento que aumenta si rehusamos la cercanía y fuerza que evoca en nuestro ser el hecho de depositarla en Él y afrontar el problema con un significado.

Hoy en día el camino que se nos pauta para salir del sufrimiento y llegar a la felicidad es la búsqueda continua de un supuesto bienestar centrado por y para uno mismo, siguiendo el camino hedonista que tanto vacío causa en la persona. Está focalizado constantemente en la evasión del sufrimiento, para alejarse o huir de algo que forma parte de la vida misma y de la composición propia del ser humano. Actos que nos hacen abandonar nuestra cruz, y caer en una trampa vital, vendida constantemente como “felicidad”, abonando así el terreno para que se asiente el egoísmo.

Aquí precisamente es donde me doy cuenta de que nada más lejos de la realidad de un cristiano. Si nos fijamos en las Escrituras que reflejan las palabras del Creador, Jesús fue un hombre que podía haber evitado todo sufrimiento y haber salido huyendo de aquello que sabía iba a acabar con nada menos que su propia vida. Dios nos enseña el camino para darle sentido al sufrimiento.

Nos debe hacer reflexionar cómo uno en su caridad cristiana se entrega a los demás, cuando se encuentra en ese período donde tiende a centrarse en uno mismo, y cómo uno supera así su marcada etapa de sufrimiento. Se necesita esa confianza para valorar el resurgir después de una mala época, y saber que uno carga con su cruz con un sentido vital, siguiendo el camino de su Creador. Nosotros no íbamos a tener un camino diferente al de Jesucristo, que pasó por la mayor etapa de sufrimiento antes de la Resurrección, con el fin de redimirnos.

En definitiva, creo que es vital depositar la confianza necesaria para comunicarnos correctamente con Dios, un acto tan sencillo y a la vez tan complejo si uno a veces es víctima de la incapacidad de hacerlo, por tener vínculos espirituales rutinarios o inculcados. Es preciso creer en el poder de la oración, y en la fuerza del Espíritu Santo a través de nuestros actos diarios.

Hoy en día muchos de nosotros, en nuestra aparente superioridad moral de tener un conocimiento superior pese a la corta experiencia vital, nos dejamos llevar por esa falta de fe a la hora de depositar confianza en una creencia inmaterial. Se infunden creencias materiales con ideales regados de posmodernismo, y se lanzan gran parte de mensajes que irrumpen la búsqueda y conexión con nuestro Padre. Distorsionan la correcta visión de nuestro fin último, y nos disfrazan de bien actos en esencia dañinos para el propio ser.

Finalizo de la misma forma que he comenzado esta breve reflexión, con las palabras de nuestro Creador ante la llamada del necesitado. Palabras que llenan de Verdad, Vida y Esperanza para continuar con el sueño de los despiertos…

Pedid y se os dará; buscad y encontrareis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas ¿Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lc 11, 9-13).

Juan Acosta

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