Cambiar el mundo

Jóvenes cristianos y cultura contemporánea

¿Cómo entrelazar la búsqueda de plenitud cristiana y la pertenencia rebosante al mundo contemporáneo, el cual parece que solo se acuerda del cristianismo para vituperarlo o para presentarlo como un discurso trasnochado? O dicho con otras palabras, ¿qué posición debe adoptar un cristiano joven ante el cada vez más evidente distanciamiento o colisión entre la cultura contemporánea y el cristianismo?

Con todo respeto a quien opine de otro modo, comenzaré exponiendo dos posturas defensivas que considero equivocadas y poco evangélicas, además de empobrecedoras y nada fecundas. Las denominaré la “postura del cruzado” y la “postura monacal”.

La pretensión de una especie de cruzada espiritual conduce a un aislamiento amargo respecto del espacio público cultural y social. Por eso, en las escasas ocasiones en las que se intervenga en la vida social, intelectual o política siempre será como defensiva reacción ante el atacante. Se pierde, entonces, el ideal de ser un actor ilusionado que aporta su creatividad y sus valores para construir la vida social.

Desde la otra huida de la cultura actual, que he calificado de “postura monacal”, ni siquiera se plantearán la molestia de intervenir en la vida pública, pues se piensa que fuera de su comunidad no hay salvación; y se esperará para actuar al momento del derrumbe de la civilización actual, inculta, dañina y ajena.

En ambas posturas se abona la endogamia y la asfixia propia de los ambientes cerrados; también crecen la crítica y los celos para quien no piense y actúe desde esta perspectiva. Como contrapunto luminoso y fecundo, las palabras de la teóloga Jutta Burgraf: «Quien tiene amigos de otros partidos políticos, otras profesiones, religiones y nacionalidades, es una persona dichosa. Se le abre un mar sin orillas. Tratando y queriendo a la gente más variada, se amplía su mente y se ensancha su corazón, y se hacen más profundo su conocimiento de la condición humana y menos radicales sus juicios sobre situaciones complejas».

Pero hay más: en situaciones defensivas «podrá haber cristianismo, pero no cultura cristiana, en la medida que esta ha de ser por definición pública», como expone Gabriel Insausti. Y, con mayor calado espiritual, san Juan Pablo II sentenciaba: «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».

Ahora bien, ¿qué estrategias debe emplear el cristiano para minimizar esa tendencia a la exclusión mutua entre cristianismo y cultura contemporánea? ¿Cómo ser actor del mundo contemporáneo y transitar por sus caminos divinizándolos con el fermento y la luz de la vocación cristiana? Porque bien podría ocurrir que, en ese intento por penetrar a través de una cultura adversa, el cristiano quedara mundanizado. Apuntaré cuatro actitudes fundamentales: santidad, cultura, «mordedura de lo real» y cuerpo amado.

Precisamente porque vivimos en una sociedad secularizada donde brillan débiles las luces de lo sagrado, el cristiano hoy tiene que ser una persona con una vida espiritual profunda. Solo con un amor intenso a Jesucristo transformará las diversas manifestaciones culturales, legislativas, sociales, artísticas, etc., incluidas las que ignoran, ridiculizan o, aún más, excluyen o combaten sus creencias más profundas.

Además, debe comprender y amar el mundo en el que trabaja y convive. Y para ello, respetar la conciencia sagrada de cada persona, opine como opine, aunque nos parezca equivocado. No por relativismo, sino porque cada conciencia es un sagrario, insisto. Entonces, aprenderemos a no juzgar nunca a nadie; y a poner más afecto y más empatía en el trato con aquellos cuyas ideas nos parezcan más alejadas de las nuestras.

«La mordedura de lo real» es una expresión de Gabriel Marcel muy sugerente para recuperar la realidad y la cuestión de la pretensión de verdad. Y su correlato, el desprecio de la mentira, de lo afectado o lo retorcido. Porque en el fondo, solo se cambia el mundo con el ejemplo y con la alegría. Quien busca la verdad es una persona sencilla, alguien que irradia concordia hacia los demás y facilita el sosiego necesario para amar y ser amado. Y eso es más transformador que cien discursos teóricos.

Por último, de nuevo con Gabriel Insausti, «es preciso reivindicar una cultura del cuerpo y una cultura con cuerpo». Aunque solo quede apuntado, la antropología cristiana une cuerpo y alma de un modo maravilloso, liberando al ser humano de los dualismos cuerpo-alma y cuerpo-libertad. Y rescatando a la sexualidad de la triste mirada individualista para comprenderla relacionalmente. De esta forma, favorece la construcción de vínculos familiares fuertes, que son los que hacen felices a las personas.

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