Cambiar el mundo

Con los ojos vendados y las manos atadas

Señor mío y Dios mío, aquí me tienes otra vez, en esta ocasión de rodillas, con una venda en los ojos y con las manos atadas tras mi espalda. Se me escapa alguna lágrima, lo reconozco, y las fuerzas a veces no las siento. “Qué descripción tan curiosa”, estarás pensando, pero estoy segura de que en algún momento de tu vida te has sentido también así.

Estoy segura de que ha habido ocasiones en las que no has entendido nada de lo que te pasa, en la que te has preguntado el “por qué” y el tan famoso “para qué”. Ocasiones en las que no comprendes cuál puede ser la parte buena de eso, o quitando la parte buena o mala, no entiendes “por qué a ti” y “por qué así”. Es como si una venda en los ojos te impidiera ver cualquier atisbo de luz; lo ves todo negro, no entiendes, nada tiene sentido.

¿Y qué me dices de esa cuerda en las manos que te impide hacer algo al respecto? Seguro que en situaciones como estas has sentido la impotencia de no poder hacer nada, de no tener entre tus manos la solución, de no tener vía de escape posible.

Y sí, las fuerzas fallan y las lágrimas no tardan en aparecer en circunstancias como estas, pero ¿sabes qué?, nada de esto es importante, lo que importa es lo primero que te he dicho; que estoy “de rodillas”. Lo fundamental es permanecer así por muchas bofetadas que te dé la vida, por muy débil que te sientas, por muchas lágrimas que caigan, e incluso cuando estas acaben por empapar la venda. No pasa nada, por qué “aunque todo lo pierda, solo Dios basta”.

Esto último, Señor, lo digo ahora en un momento de lucidez, pero me cuesta creérmelo. Me cuesta abandonarme por completo en Ti, y me cuesta confiar en esto que me dices de que: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mt 28,20). Me cuesta, me cuesta. Porque a veces me siento muy sola y pérdida. Me parece imposible volver a ver luz, llenarme de ilusión o sentirme completamente feliz. Y por eso no me cansaré de pedirte que aumentes mi fe y me llenes de paz.

En una ocasión una amiga me dijo “Dios destruye tus planes, cuando tus planes están a punto de destruirte a ti”, y la verdad es que, desde entonces, me ha ayudado mucho esta idea. Sé que Dios no juega a los soldaditos con nosotros, y no va destruyendo cosas, haciéndolas desaparecer o mandando contradicciones. No van por ahí los tiros; sino que la idea es que Dios, como Padre que es, sabe protegerme, y en muchas ocasiones lo hace de una manera que no entiendo en ese momento, pero que a la larga me hace fuerte, me une a Él, me acerca al Cielo.

Al igual que amar sin sentir es verdaderamente amar, confiar sin ver es verdaderamente confiar. Y ya nos lo decías Tú “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. Pues Señor, yo ahora mismo no veo nada de nada, pero quiero confiar. Quiero dejarlo todo en tus manos. Quiero tener la confianza de un niño pequeño que ve en su padre un superhéroe invencible y que confía en que por estar en sus brazos nada le puede pasar. Así de segura quiero estar. Tanto, como para decir “hágase en mí según tu Voluntad”, aunque no la entienda y no me guste. Tanto, como para querer abrazar esas cruces con profundo cariño porque sé que ahí te encuentro y que me llevan en peaje al Cielo. Tanto, como para abandonarme en tus manos y decirte ¿y qué hacemos ahora papá?, esperar a tu respuesta y hacer equipo contigo para llevar juntos esa cruz mientras disfrutamos del camino llorando, riendo, amando… pero hombro con hombro.

Mi abuelo siempre dice “Un Dios que no se entiende porque sabe más”. Y es que tiene toda la razón. ¿Cómo podemos pretender entender los designios de Dios si somos unas pobres criaturitas con una visión tan limitada de todo? Es como aquella historia del bordado de Dios, en la que un niño desde el suelo solo ve los nudos de debajo, lo ve todo feo, desordenado, confuso. Pero cuando sube a las rodillas de su madre y lo ve desde arriba, ve un paisaje precioso. Y ya lo entiende todo. De manera que termina diciendo:

“Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he dicho: «Padre, ¿qué estás haciendo?” Él responde: «Estoy bordando tu vida». Entonces yo le replico: «Pero se ve tan confuso, es un caos”. Y Dios parece decirme: «Mi niño, confía… no estás solo y estoy trabajando en ti. No me he equivocado, no me he olvidado. Un día te traeré al Cielo, te pondré sobre mi regazo y lo verás todo desde mi posición. Entonces entenderás…”.

Papá, que desde aquí, con mi venda, mis manos atadas, mis lágrimas y de rodillas, sepa confiar. Que no piense que se te ha escapado un detalle y ya se ha destrozado mi bordado; porque Tú siempre reconduces, sabes sacar algo bueno de todo lo malo, y siempre me das la gracia y me ofreces tu mano para llevar esas cruces. Que sepa que nunca me abandonas, que lo sufres conmigo, que lloras al verme llorar. Que, como me dijo una amiga: “Dios también te espera en el suelo” y está preparado para esperar lo que haga falta para inmediatamente después…. levantarme con toda su fuerza, darme un abrazo enorme y seguir caminando conmigo, por la vida y por siempre.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3). Con esta idea quiero acabar mi ratito de oración de hoy; con el propósito de querer ser totalmente de Dios, de manera que solo te tenga a Ti, que seas mis cimientos y que mi confianza esté toda puesta en mi Padre. Quiero vivir esa infancia espiritual que tan relacionada está con esta bienaventuranza, para que como una hija pequeña sienta que Tú eres todo lo que necesito, que Tú lo puedes todo, que solo Tú me sostienes, y que nada temo si estoy en tus brazos. Quiero confiar siempre en mi Dios, porque, como me susurra estos días al corazón; Él no pierde batallas.

Marta Mata

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