Cambiar el mundo

¡Vivan las chimeneas!

En el pasado puente de Andalucía tuve la dicha de reencontrarme con algunos amigos del colegio que estudian fuera y alrededor de una acogedora chimenea disfrutamos horas y horas conversando sobre nuestras fechorías en el colegio y, a medida que avanzaba la noche, la conversación se fue tornando más profunda a la par que pesimista.

Mientras repasábamos qué era de nuestros compañeros de promoción, nos vimos envueltos en una vorágine de pesimismo, tristeza e impotencia; que provocó que poco a poco el buen rato que estábamos pasando todos juntos, se fuese diluyendo hasta que uno de nosotros afirmó con una claridad redentora: «la vida es dura, pero yo sé que ante cualquier problema que me sobrevenga puedo contar con vosotros, pese a que hablemos de vez en cuando» ¡Cómo nos cambió la cara a todos! Donde antes había pesadumbre, ahora había caras de alivio y me atrevo a decir que de alegría porque al momento volvieron las risas y las bromas (sí, la mayoría de ellas son un calco de las mismas que hacíamos con 15 años, somos poco creativos qué le vamos hacer).

Todos salimos aquella madrugada con la sensación de que no éramos normales, de que nuestros valores, inquietudes e intereses están menguando a pasos agigantados; de que quizás no sea políticamente correcto pensar como lo hacemos pero orgullosos y agradecidos de ello. Salimos, en fin, con el convencimiento de la enorme suerte que tenemos por todas las gracias que nos han regalado Dios y nuestros padres.

A las tantas de la madrugada, luchando frente a un viento helador, reflexionaba mientras regresaba a mi casa en aquello que decía Aristóteles sobre que el hombre es un ser social por naturaleza y es que el griego lleva toda la razón porque uno se realiza rodeado de gente. Uno es quién es por la gente de su alrededor y ahí se halla la importancia de cuidar los vínculos que nos unen a nuestros seres queridos.

Manuel del Toro Barquero

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