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Respuestas breves (o casi breves) a preguntas de Fe

En artículos anteriores, hemos intentado abordar cuestiones humanas importantes surgidas de vivencias comunes que pueden presentar dificultades emocionales y espirituales. En este artículo, y quizá en otros venideros, procuraremos contestar dudas que pueden estar muy presentes al reflexionar, brevemente, cómo pueden guiarnos nuestras creencias ante estas dudas existenciales.

  1. ¿Qué es el pecado? ¿Qué es el infierno?

El pecado es fruto de una elección. Nace en el corazón del hombre, es decir que, además del acto en sí, el pecado se genera por las intenciones y el contexto en el que sucede. Jesús ilustra muy bien cómo la misma acción puede convertirse en algo bueno o algo malo dependiendo del porqué de esa acción, cuando apela a la deshonestidad de los fariseos (Lc 18, 9-14).

El infierno no es un lugar en llamas, sino el sacrificio que, amorosísima y dolorosamente, Dios realiza cuando ama la libertad de las personas. Quien piensa, erróneamente, en el infierno como un castigo divino, puede inducir que el demonio es una especie de cómplice de Dios para castigar a las almas pecadoras, pero nada más lejos de la realidad: el demonio, en su plena libertad, escogió alejarse de la felicidad que el verdadero amor de Dios le ofrecía y se aisló en un espacio lejano a toda esa Verdad de amor. Cuando el demonio aboga por la maligna elección de las personas, es solo por esa triste necesidad de llevar a las personas a su misma pena eterna. El demonio fue un ángel, pero ahora tiene más de persona triste que de ángel, pues ese mecanismo es bastante propio de las personas desesperanzadas y egoístas. Fue un ángel que, sumido en la soberbia del que considera al desapego libertad, quiso conocer la ausencia de su Padre Creador, y no solo la conoció, sino que arrastró voluntaria e involuntariamente a una pequeña parte del ejército de ángeles de Dios, vendiéndoles el poder y el éxito como si lo necesitaran para completar una misión en su existencia, la cual era originalmente obra de Dios, por lo que no lo necesitaban en absoluto.

  1. ¿Por qué Dios no impide el sufrimiento?

Ante la paradoja que cuestiona la omnipotencia o la bondad de Dios, profundizando en una voluntad y un amor infinito, encontramos lo siguiente: Dios es Todopoderoso y Omnibenevolente, y desea el amor y la felicidad de todas las personas. Esa felicidad y ese amor requieren de libertad, la cual se puede conducir hacia el bien (es la meta de esta) o hacia el mal. Dios, en pleno amor y consciencia, realiza cada segundo el sacrificio de procurar el libre albedrío humano, el cual puede derivar en dolor.

Que Dios haga uso de ese dolor para glorificarse en el amor que conlleva y que su misterioso plan ubique algo bueno a partir de esa dificultad, no significa que Él lo genere, ni mucho menos que desee el sufrimiento de las personas. Él realiza ese sacrificio porque nos quiere como hijos, como amigos, no como esclavos a los que manejar como marionetas, aunque eso implique sufrir a nuestro lado (Jn 15, 15). Y para conocer el amor, se debe probar en el sufrimiento (Sir 2, 5), porque “cuanto más profundo ahonde el pesar en vuestro corazón, más alegría podrá contener” (El profeta, Khalil Gibran).

3. ¿Por qué Dios no me concede lo que le pido?

Bendición, adoración, acción de gracias y alabanza, junto a la petición e intercesión, son los cinco tipos de oración que se realizan en el íntimo diálogo con Dios, además, por supuesto, de contarle nuestras preocupaciones y vivencias como se le cuentan a un amigo.

La oración de petición e intercesión (petición por otras personas) es fundamental en el desarrollo de la fe, pues la confianza crece cuando se le demanda algo a un ser querido, más aún cuando sabemos que quizá lo que le pedimos no es lo que ese ser querido tiene pensado para nosotros. Sentir que podemos pedir a Dios cualquier cosa es fundamental en esa confianza, pero sin fe en Él ni en su bondadosa voluntad, sus concesiones no significarían más que coincidencias alumbradas por nuestro propio deseo.

En ese crecimiento de fe, cuando le pedimos lo que sea, acabamos descubriendo que lo mejor que nos puede dar es el cumplimiento de su voluntad, precisamente por esa certeza de que nace del amor más grande. Y cuando crecemos en la fe, después de pedirle lo que creemos que necesitamos, acabamos pidiéndole que se haga su voluntad por encima de la nuestra, y en ese dejarse hacer por El Señor, es donde brillan los verdaderos milagros.

Seguiremos trabajando por responder más dudas concretas, desde la perspectiva y el lenguaje de un joven católico, con el objetivo de crecer en el amor a Dios, a nosotros mismos y a las demás personas.

Antonio Verísimo Darío Sierra Maestro-Lansac

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