Cambiar el mundo

La oportunidad de conocer al otro

No sé si alguna vez les ha pasado, pero les planteo la siguiente situación: te encuentras en un lugar, donde hay personas que no conoces: puede ser la universidad, un nuevo trabajo, una pequeña fiesta, etc. Estando ahí empiezas a conocer a una persona nueva, charlan un poco, y a los minutos se va, entonces en ese momento se acerca un viejo amigo o amiga, y te comenta que tengas cuidado con esa persona: es de tal manera, tiene estas actitudes, en fin, algunos argumentos. Y ante esto, se crean en ti inconscientemente algunos prejuicios hacia esa nueva persona que conoces.

Y por consiguiente, pueden estos prejuicios hacer que tu visión sobre el conocimiento de esta persona sea limitada, y se haya visto afectado por la opinión y experiencia de otra persona.

Ante la oportunidad de poder conocer a una persona, muchas veces nos dejamos conducir por los prejuicios y nos cegamos verdaderamente de lo buena y rica que puede ser la experiencia de conocer a alguien, por aquello que nos han dicho, que de antemano no sabemos si es verdad, si son solo rumores, o quien nos lo compartió tal vez esconde una intención no tan buena.

Lo que digo es que sigamos el ejemplo de Jesús: no hacia distinción de con quién podía hablar, de a quien se acercaba o no, y tampoco escuchaba lo que los demás decían de una persona, y lo podemos ver claramente con la mujer adúltera, como la levanta, la mira a los ojos y le dice: yo tampoco te juzgo, vete en paz y no peques más.

A ejemplo de Jesús, podemos darnos la oportunidad de conocer el corazón de mi hermano, incluso del que no goza de una buena fama, de aquel que tal vez no conozco a fondo, de aquel que me han hablado de forma negativa, estoy seguro que surgirían cosas y situaciones muy buenas si nos diéramos la oportunidad de esto.

Todos tenemos derecho a gozar de una buena fama, no podemos quitarle este derecho al otro, y tampoco permitir que alguien más lo haga, pidámosle a Dios poder tener ojos de fe para poder ver aquello que se esconde: esas riquezas, esos dones, esas virtudes “obscurecidas” por el prejuicio y por todo aquello que muchas veces se dice del otro.

Hay que permitirnos tener la oportunidad de conocer al otro: una riqueza, un tesoro para mi vida, un verdadero rostro de Cristo aquí en la tierra.

Abraham Cañedo

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