Catequesis

San Casimiro de Polonia

El príncipe Casimiro Jagellón, hijo del rey Casimiro IV de Polonia y la princesa Isabel de Hungría, nació en Cracovia, la capital del reino de su padre, el 3 de octubre de 1458. Era el segundo hijo varón y el tercero de un total de once hermanos. Su madre, era una fervorosa católica, por lo tanto se esmeró mucho en enseñar a sus hijos toda la doctrina cristiana. Sus esfuerzos tuvieron frutos ya que todos sus hijos se convirtieron, en gente devota, empero, fue con Casimiro que la semilla que plantó dio el ciento por uno.

Según testimonios de la época, Casimiro era un niño tranquilo, obediente a sus padres y que gustaba de la oración. A los 9 años, Casimiro y Vladislao, su hermano mayor, comenzaron a recibir instrucción formal con el padre Juan Duglosz, canónigo de Cracovia, quien también era un destacado humanista, historiador y diplomático. Ambos príncipes recibieron una intensa y muy completa formación por parte del padre Juan.

Si bien ambos hermanos eran bastante inteligentes, Casimiro era por mucho el más brillante y refinado de los dos, razón por la cual el padre Juan elogió públicamente sus dotes de oratoria y su excepcional virtud, mencionando que tenía potencial para ser un excelente obispo si Dios le daba ésa vocación. Por otra parte, en 1468 llegó a la corte real polaca el humanista y diplomático italiano Filippo Buonaccorsi, quien había sido secretario del papa Pío II, en consecuencia, el rey Casimiro IV no demoró en hacerlo preceptor de sus hijos, pero fue el príncipe Casimiro quien pronto se ganó su respeto y admiración por su brillante inteligencia y devoción. En palabras del profesor Buonaccorsi: “Casimiro es un adolescente santo”.

Durante su adolescencia, el príncipe polaco comenzó a manifestar que su más grande deseo era siempre agradar a Dios, sin importar si para esto tenía que renunciar a sus prerrogativas de nacimiento. Buscaba mantener a raya las pasiones sensuales que podían manchar su alma, para lo cual, bajo recomendación del padre Juan, comenzó desde los 13 años a mortificarse en el comer, beber, mirar y dormir, llegando a dormir en el suelo durante épocas penitenciales como la Cuaresma. Esto hizo que pronto destacara en el palacio real ya que, como era usual en las cortes de la época, los aristócratas y príncipes tenía una notoria debilidad por llevar un estilo de vida fácil. Además, como su padre le había otorgado un alto puesto en la gobernanza de Polonia y Lituania, el joven príncipe era conocido por su honradez y diligencia para tratar todos estos asuntos, pidiéndole al Santo Espíritu que lo iluminara para hacer la voluntad de Dios a través de su trabajo.

El príncipe Casimiro hizo muy pronto que el centro de su devoción fuera la meditación de la Pasión y Muerte de Jesucristo, lo cual el padre Juan le insistía que era necesario para aumentar su fervor y crecer en el amor a Dios. El joven adquirió una fuerte devoción a la Santísima Virgen, y un gran devoto del Santísimo Sacramento, aprovechando las noches para ir a la capilla del palacio real y hacer adoración a Jesús en la Santa Hostia, ofreciéndole todo lo que había hecho en su jornada y dándole gracias por otorgarle un día más de vida.

Ejercía la caridad con gran generosidad. No había nadie que lo conociera y que no se admirara por su talante sencillo, cordialidad y bondadoso, que contrastaba con el de la mayoría de los miembros de la realeza y aristocracia. Daba limosna en abundancia, y no sólo brindaba apoyo material a los más pobres, sino que personalmente iba a consolarlos en su aflicción y, cuando podía, les daba consejos y aprovechaba su posición privilegiada para ayudarlos a mejorar su condición de vida.

A los 19 años, contrajo tuberculosis que fue mermando su salud; sin embargo, no por eso se desesperó o renegó de su fe, sino que se empeñó en aprovechar al máximo el tiempo que le quedara de vida para servir a Dios y al prójimo. Cuando cumplió 23 años, el rey Casimiro IV quiso casar al devoto príncipe con la hija del emperador Federico III de Habsburgo, lo cual él declinó debido a que sentía que faltaba poco para que fuese llamado ante la presencia de Dios. El príncipe no vaciló en decir a su padre que desde que supo de su enfermedad consagró su castidad a la Santísima Virgen María, y por tanto tenía que renunciar a tan decoroso matrimonio.

Durante los años siguientes, Casimiro siguió sirviendo como funcionario en la corte de su padre. Todos los que lo conocían se admiraban de que el joven príncipe llevara una vida tan virtuosa que hacía transparentar al mismo Jesucristo. En el invierno de 1484 su salud terminó por empeorar bastante, dejándolo postrado desde inicios de ése año y, el 4 de marzo, recibió la Extremaunción y el viático para ser llamado a la casa de Dios Nuestro Señor en la tarde de ése día. Tenía 26 años. Gracias a que su veneración surgió prácticamente después de su fallecimiento y se atribuyeron varios milagros a su intercesión.

Sin lugar a dudas, San Casimiro de Polonia ha sido uno de los jóvenes cristianos más brillantes que Dios ha regalado al mundo para inspirarse en su ejemplo, y con ello dar un verdadero testimonio de vida cristiana. Con una fe sencilla, pero enardecida por el fuego del Espíritu Santo, San Casimiro fue verdadera sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5:13-16), haciendo de la Eucaristía y la Santísima Virgen los dos pilares de su vida. Por otra parte, su compromiso de estar siempre en una constante conversión mediante el ayuno, oración y caridad lo hacen un gran ejemplo para los jóvenes en este tiempo de Gracia que es la Cuaresma, además de que se puede recurrir a su intercesión.

Para concluir, preguntémonos, ¿Doy a la oración el tiempo y dedicación que se merece?, ¿Es mi mayor anhelo siempre hacer la voluntad de Dios en mi vida?, ¿Practico el ayuno y penitencia para apaciguar las pasiones corporales desmedidas?, ¿Doy testimonio de castidad y templanza en un mundo tan propenso?, ¿Ayudo material y espiritualmente a los más necesitados mediante la limosna, el consuelo y el buen consejo?, ¿Es el Santísimo Sacramento del Altar el centro de mi vida? En esta memoria del santo, pidamos su intercesión para que todos los jóvenes demos un testimonio semejante a él, que transparente a Jesucristo mismo y nos convierta en una luz para el mundo para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández

Artículos relacionados

No se han encontrado resultados.

Últimas entradas

Menú