Testimonios

El regalo de ser hija de Dios

Soy Lucía, tengo 17 años y estudio 2º de bachillerato. Cuando me propusieron escribir mi testimonio de Fe pensé: ¿Quién soy yo para dar ejemplo? Pero por un tiempo me paré a reflexionar con Él y comprendí que era el momento.

¿Cómo empieza todo esto? Desde pequeña siempre tenía la certeza de que El Señor siempre me acompañaba, pero lo olvidaba. Desde que hice la Primera Comunión sentía que Dios quería algo más de mí. Durante un tiempo, sufrí una crisis de Fe en la que me dejaba influenciar por otros relegando a Dios en último lugar. Pero cuando menos te lo esperas, va y te sorprende.

Me atrevo a decir que desde el momento que recibí el sacramento de la Confirmación, me di cuenta de que Él me llamaba hacia algo más grande. A partir de ahí empecé a participar en distintas realidades de la Iglesia, como es el coro de mi parroquia donde descubrí a María y es que: “Donde está María, pasan cosas grandes”. Confié desde un primer momento en Ella, porque me hizo saber que nunca me dejaría a un lado y que siempre será mi Madre del cielo. Allí empecé a construir lo que acabaría siendo mi familia de la Iglesia, con quien compartía un mismo objetivo, servir a María en su advocación del Rosario.

Afirmaría que, en una sociedad llena de ignorancia y prejuicios, no me sentía comprendida por personas de mi edad. Entonces me ocurrió una “diosidencia” y comprendí que Dios nunca te va a dar una cruz con la que no puedas cargar. Tras unos meses recibiendo catequesis junto a mi amiga Carmen, fiel compañera en este camino de encuentro con el Señor, nos propusieron entrar al grupo de jóvenes cristianos de mi pueblo. Al principio sentí que no era mi sitio, pero acabé dándome cuenta de que no podía dejar la oportunidad de seguir descubriéndolo. Momentos como las Horas Santas en los que tengo un encuentro íntimo con Dios, en los que puedo darme plenamente a él o rezar a través de cantos, me sirvieron para estar más cerca de Él. Me sería imposible describir con palabras el ratito que estoy postrada ante el Santísimo, donde dejo hacer su Voluntad y no la mía. También algo fundamental en mi Fe fue descubrir a personas del grupo que han sido un verdadero regalo de Dios, pero lo que realmente me marcó fue conocer dos vocaciones dentro del grupo. Esto me ayuda a agradecer y darme cuenta del verdadero regalo que nos ofrece Dios en cada Eucaristía.

Un día de navidad, me invitaron a participar en una misión popular en Iznájar donde pude conocer desde dentro lo qué es llevar una vida consagrada y entendí que la felicidad no está en las cosas materiales sino en las personas que son reflejo de Dios. Pude compartir momentos de reflexión, eucaristía, controversia, rezo del Santo Rosario por las calles portando a María y conocer testimonios de personas que se han entregado totalmente a Cristo. Con todo ello pude comprender todo lo que Di nos ofrece, y sentirme por una vez más una mimada de Dios.

En definitiva, nunca debemos desesperarnos en la espera porque el Señor nunca nos va a defraudar y siempre nos tiene preparado algo grande, auténtico, lleno de alegría y amor. Por último, os dejo con una frase que me acompaña cada día: “Difunde el amor donde quiera que vayas. No dejes que nadie se aleje de ti sin ser un poco más feliz.” de Madre Teresa de Calcuta.

Lucía Luengo Lara

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