Catequesis

San Cesáreo de Nacianzo

Cesáreo nació en el año 330 de nuestra era, en Arianzo, una villa particular cercana Nacianzo, una pequeña ciudad griega del Asia Menor –actualmente Turquía–, siendo hijo de Gregorio el Viejo, obispo de Nacianzo, y santa Nonna, quien había sido la introductora del cristianismo en la familia dado a que el padre era de origen pagano. Asimismo, Cesáreo era el hermano menor de Gregorio el Joven, quien después fue conocido como San Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia; de igual manera, tuvo otra hermana, Santa Gorgonia, que apenas vivió un año más que sus padres.

Habiendo nacido en un ambiente de gente instruida, Cesáreo desde una muy corta edad mostró gran aptitud y gusto por el estudio. Gracias a esto, su padre pronto lo envió la cercana ciudad de Cesarea de Capadocia, donde recibió una excelente formación académica desde los 14 hasta los 18 años, que lo preparó para asistir a escuelas de élite en Alejandría, Egipto, que en ése entonces era la ciudad más cosmopolita de la parte oriental del Imperio Romano. Una vez instalado en éste puerto, el joven Cesáreo estudió con gran esmero la filosofía clásica, geometría, astronomía y medicina, siendo en ésta última donde mostró mayor talento y esmero. De igual manera, el joven capadocio, pese a estar versado en prácticamente todas las ramas del saber de su época, nunca dejó de creer en las doctrinas cristianas, siendo sus conocimientos un aliciente para su Fe al constatar la grandeza del Creador.

Una vez que concluyó con sus estudios en medicina, Cesáreo ejerció un tiempo su profesión en Alejandría, llegando a ser muy destacado pese a su corta edad. En el 355, con 25 años, se trasladó a Constantinopla, que hacía dos décadas había sido designada como la nueva capital del Imperio Romano bajo los mandatos del emperador Constantino. Ahí, su gran talento, rectitud y devoción le valieron ser aceptado en la corte de Constancio II, quien ya era un emperador plenamente cristianizado. El joven médico pronto se convirtió en uno de los miembros más estimados por éste emperador; sin embargo, cuando su hermano Gregorio regresó de Atenas hacia Nacianzo en el 358, Cesáreo dejó por un tiempo la corte para acompañar a su hermano en el camino a la casa paterna.

Después de pasar un tiempo con su familia, la ambición por destacar en su profesión y el ambiente cosmopolita de la capital imperial hicieron que regresara a la corte de Constancio II, donde fue muy bien recibido y pasó algunos años. Cuando el emperador falleció, su primo, el emperador Juliano el Apóstata, asumió el trono imperial en el año 361 y pronto quiso revertir las libertades civiles de los cristianos que Constantino había concedido hacia casi 50 años con el Edicto de Milán. Gracias al gran talento de Cesáreo como médico, el nuevo emperador no lo expulsó de la corte y, muy a pesar de sus padres y hermanos, mantuvo un alto cargo imperial; no obstante, la poco tiempo se vio asediado por las proposiciones de Juliano de que abjurase al cristianismo y lo apoyase para restaurar el paganismo, ofreciéndole puesto político todavía más alto si lo hacía. El joven médico, amando mucho más a Cristo que los poderes y placeres mundanos, declinó férreamente estas propuestas, y pronto abandonó Constantinopla. Regresó una vez más a su casa paterna y sirvió como médico en otras ciudades del Asia Menor, donde procuró siempre auxiliar a los más necesitados.

Dos años después, el emperador Juliano murió y fue sucedido por Joviano, un veterano militar cristiano y buen amigo de Cesáreo, quien no tardó mucho en regresar a Constantinopla con todos los honores. Poco duró el reinado de Joviano ya que falleció un año después de ascender al trono, en el año 364; su sucesor fue Valentiniano I, quien tuvo a Cesáreo como el médico principal de la corte. El nuevo emperador, a fin de facilitar la administración gubernamental, puso a su hermano, Flavio Valente, como emperador de Oriente a fin de él centrarse en la gobernanza de las provincias occidentales del Imperio. Valente, quien admiraba a Cesáreo por su talento y devoción, al poco tiempo lo nombró cuestor –magistrado– de la provincia de Bitinia, cuya capital era Nicomedia. Durante éste tiempo, Cesáreo se destacó por su honradez, diligencia y justicia para ejercer su función de cuestor, agradeciendo a Dios la gran responsabilidad que le concedía.

En el 368, ocurrió un terrible terremoto que afectó a toda Asia Menor, siendo Bitinia una de las regiones más afectadas. Cesáreo asombrosamente pudo escapar de Nicomedia para resguardarse en Nicea, la segunda ciudad más importante de Bitinia y donde se encontraba su hermano San Gregorio en compañía de San Basilio Magno. Si bien el cuestor dio gracias a Dios por haberle permitido salir de Nicomedia sin sufrir ningún perjuicio, su hermano y el otro santo lo instaron a renunciar a su cargo, dejar al mundo y dedicarse plenamente a la oración. Cesáreo les respondió que, a diferencia de ellos, él podía usar su autoridad política para impartir recta justicia, servir al prójimo y dar mayor Gloria a Dios por medio de las buenas obras que hiciera mediante el buen ejercicio de su magistratura. No obstante, el cuestor sí se hizo bautizar ya que, como era común durante ésa época en muchos cristianos de Oriente, había postergado su bautismo hasta la adultez.

Al poco tiempo de haberse bautizado, Cesáreo contrajo una grave enfermedad. Sintiendo que Dios lo llamaría pronto a su presencia, el cuestor, que era soltero, hizo repartir todos sus bienes –que eran muchos– entre los menesterosos de Bitinia y que su dinero fuera usado en la reconstrucción de Nicomedia. Ya en su lecho de muerte, recibió los auxilios espirituales de su hermano, quien le dio la Extremaunción y el Viático, dando su último aliento en su compañía. Tenía 38 años.

San Cesáreo de Nacianzo puede enseñar muchas cosas a los cristianos de hoy en día, especialmente a los académicos, a quienes que ejercen la profesión médica y los que se encuentran en posiciones de autoridad política. Reflexionemos, ¿Reconozco la grandeza del Creador a través del orden y maravillas del Universo (Rm 1:20)? ¿Ejerzo con caridad y justicia mi profesión? ¿Son mis ambiciones personales más importantes que los proyectos que Dios tiene para mí? ¿Reniego de mi Fe si esto sirve para complacer a gente influyente o poderosa que no es seguidora de Cristo? ¿Utilizo la autoridad que se me ha otorgado con justicia y procurando ayudar al prójimo y a los más necesitados? En esta memoria del santo, pidamos su intercesión para que a semejanza de él ejerzamos nuestras respectivas profesiones con caridad y justicia, dando un testimonio de Cristo en el mundo para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández

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