Testimonios

«Señor, no sé qué quieres de mí, pero estoy dispuesto a escuchar»

Vivía con Pol y Pablo en un departamento de la calle San Juan Bosco, en Pamplona. Estábamos en tercero de carrera y acabábamos de pasar exámenes parciales. Entonces salió la idea de montar una barbacoa en un pueblo cerca de la ciudad para despejarnos un poco. Era un día precioso y después de comer, mientras los otros dos dormían la siesta, decidí dar un paseo por unos potreros cercanos a la casa. En algún momento me senté en el suelo y recuerdo darle un ultimátum al Padre: Señor, llevo un tiempo sintiendo que me pides algo más y no sé qué es. Dímelo ahora. Con más audacia que prudencia, me quedé esperando la respuesta de Dios.

Tres años atrás había llegado a España a estudiar Economía con un diploma en Liderazgo y Gobierno en la Universidad de Navarra. Mi sueño, más idealista que realista, era de alguna forma cambiar el mundo; generar impacto a nivel global, participar en megaproyectos. Para ello, me decidí a aprovechar mi estancia en España al máximo: estudiar en una gran universidad, viajar por Europa, conocer gente apasionante de todas partes del mundo, participar en congresos, conversar con grandes empresarios, generales de ejército, científicos, catedráticos…

La vida se había convertido en un patio de recreo donde yo hacía cosas de lo más interesantes, y Dios… bueno Dios estaba por ahí, y yo iba a misa de vez en cuando y me confesaba regularmente. Pero eso era todo: Dios estaba por ahí. A fin de cuentas, el mundo lo iba a cambiar yo.

Entonces, tres años después, en el potrero de un pueblo de Navarra, había llegado a la conclusión de que las grandes aventuras que había vivido, a pesar de que me gustaban, no me llenaban el corazón. Aquí falta algo, esto no puede ser todo – empecé a pensar. Y mientras yo seguía sentado en aquel potrero en medio del campo, el Señor me respondió; en mi corazón escuché que me decía – Yo quiero que seas feliz.

Entonces Señor – le respondí –, yo me quiero entregar a ti.

Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre, porque para eso ha sido creado. E inmediatamente, me vi sumergido en una paz absoluta; Dios no da miedo, da paz.

En los siguientes años las grandes aventuras continuaron: estuve de intercambio en Noruega (donde conocí a un gran misionero mexicano, santo testimonio del sacerdocio), gané premios de emprendimiento, me gradué de la universidad, empecé a estudiar filosofía y trabajé un par de años. Pero Dios ya no “estaba por ahí”, sino que se convirtió en el centro de mi vida. Él da sentido nuevo a todas las cosas que hago.

En ese tiempo también mantuve las grandes amistades que me acercaban a Dios, y empecé a rezar un poco todos los días. Llevaba una dirección espiritual, asistía a misa cada vez que podía, y comencé a discernir sobre la vocación sacerdotal. Empecé a conocer a Dios y a dejarme querer.

A día de hoy ya no quiero cambiar el mundo, impactar a nivel global, ni estar en megaproyectos, porque sé que quien cambia el mundo es Dios. Ahora quiero ser su siervo, entregarle todos los talentos que Él me ha dado para que haga con ellos lo que quiera. ¿Hay acaso gozo más profundo, o aventura más grande que esa?

Actualmente me estoy preparando para entrar al seminario, y si Dios así lo quiere, algún día ser sacerdote. De todas las grandes aventuras de mi etapa universitaria, la que más me ha conmovido ha sido la de dejarme encontrar por el Señor, dejarme querer por Él, y aprender a enamorarme de su Sagrado Corazón.

Cuando uno es brutalmente honesto consigo mismo, y se pregunta, esto que hago ¿llena mi corazón?, no puede maquillar la realidad con mentiras. Y si la respuesta es no, tal vez lo que hace falta es mirar el rostro de Cristo y decirle Señor, no sé qué quieres de mí, pero estoy dispuesto a escuchar. Y verás que responde ofreciéndote la aventura más grande que hay.

Pedro Robalino.

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