Testimonios

“¿Y yo? ¿Por qué no sacerdote?”

En estas líneas, no te voy a contar una experiencia novedosa de vocación. Lo mío es lo más normal del mundo, pero, a la vez, lo más hermoso. Mi historia es la de tantas personas, la de la misma Iglesia, también la de Israel. Ésta consiste en la fidelidad de Dios y mi infidelidad, en el empeño de Dios por mí y el yo todavía no enterarme del tesoro de la fe; en fin, mi vida es la historia de un Dios loco que me quiere enamorar totalmente de Él, porque me quiere sólo para Él.

De niño, mis padres me llevaron a catequesis. No me gustaba mucho, la verdad; pero aquí se da la primera paradoja: tras confirmarme, junto con tres o cuatro, me quedé en la parroquia. ¿Por qué? No era consciente, pero me atraía lo que vivía en esa comunidad, donde no sólo fui creciendo en la fe, sino también descubrí la llamada, la amistad, el sentido vital, respuestas, el compromiso… En fin, la parroquia y Dios eran mi vida.

Y siguiente paradoja: me empezó a gustar la figura del sacerdote, su alegría, y, junto a ello, la oración, sobre todo, las vigilias ante el Santísimo; esta mezcla hizo surgir en mí la gran pregunta: “¿Y yo? ¿Por qué no sacerdote?” Sin detenerme mucho a pensarlo, les dije a mis padres que quería ser cura. Al principio, fueron prudentes, pero como esta intuición se alargó hasta tres años, se atrevieron a enviar a su único hijo a donde, parecía, que Dios pedía.

¿Sabes? Jamás podré agradecer a Dios el regalo de mis padres. Nunca han sido especialmente religiosos (la fe, aunque me llevaron a catequesis, no la adquirí en casa, sino en la parroquia), sin embargo, nunca, a lo largo de tantos años, me han puesto un solo impedimento. Cualquier “gracias” que le dé a Dios por el regalazo de mis padres se quedará muy corto.

Pues eso, que entré al seminario con quince años. Y uno se piensa (una tentación presente en el seminario y durante toda la vida sacerdotal) que ya ha seguido al Señor, que lo ha dejado todo por el mero hecho de dar el paso de entrar al seminario, etc. No es cierto. Según van pasando los años, me he dado cuenta de que llevo una mochila, cargada con muchas cosas de mi vida, donde poco a poco intento vaciarla de mí, para llenarla sólo de Él… El “sí” debe renovarse cada día.

Yo era un adolescente y tenía mis cosas de adolescente. A lo que se sumó el pavo… El caso es que, muy enfadado con la vida, con los curas -bueno, el típico rebote de un chaval-, decidí salirme del seminario. “Señor, o como yo quiero, con mis normas, o… te buscas a otro”.

Seguí cursando el bachillerato. Pensé en estudiar historia o filosofía en la universidad. Pero había un problema. Dios estaba empeñado en mí, no sé qué se le metió al Señor en la cabeza… ¿Por qué yo? Dios fue paciente, no se cansó… Me trató como es Él, con Misericordia. Me amó y me volvió a amar, me llamó y me volvió a llamar (y aún no se ha cansado, sigue empeñado en mí). De modo que, hecha la selectividad, solicité volver a entrar en el Seminario, como seminarista mayor.

Justo antes, en ese verano, me entró miedo… “¿Y si me equivoco? ¿Y si fracaso? ¿Y si la vuelvo a liar…?” Miedos, tonterías, enemigos de los planes de Dios, falta de fe; pero -como decía Juan Pablo II- “Dios siempre puede más”, y lo hace junto con María. Aquel verano me invitaron a ir al Santuario de Lourdes. Nunca había estado. Fui con la Hospitalidad de mi diócesis. No estaba entre mis planes, pero desde aquel año no he faltado ningún verano a esa cita con mi Madre del Cielo en aquellas tierras.

El protagonismo de María en mi vocación, en mi vida, al fin y al cabo, no sé describirlo con palabras; sólo sé que es crucial, decisivo. Es mi Madre, me cuida como tal, soy su hijo, y esto a Ella no se le olvida; cada día, me agarra y me lleva de la mano al encuentro con su Hijo.

Entré al seminario mayor. Y, desde entonces, hasta ahora, ya han pasado casi seis años. Hace unas semanas fui ordenado diácono, y espero -Dios mediante-, en unos meses, recibir la Ordenación sacerdotal.

Ha habido de todo: días fáciles y días difíciles, momentos alegres y momentos de dudas y oscuridad, etapas en las que me he querido encabezonar y otras en los que Dios me ha dado algún que otro tortazo; días de cruz, días de gozo… En fin, seis años de pura gracia, aunque yo no haya sido capaz de darme cuenta muchas veces. He descubierto el amor de Dios; que Él es mi Padre, yo su hijo, y me ama con locura; que es paciente, que es fiel… Y me emociona, me maravilla, “ver” -porque lo veo- la acción de Dios en mí y a través de mí (a pesar de mí): ver su amor, ver su salvación; ver que, de verdad, Dios está vivo.

Ciertamente, no todo es fácil. Hay cruz, pero bendita sea, pues, con ella, Dios bendice a sus amigos, además de ser clara señal de vocación. Un día me dio por ver la película de “El Rito”, de Mikael Hafström, y me gustaron mucho unas palabras del viejo sacerdote: “…hay veces que experimento una absoluta pérdida de fe; días, meses, en los que no sé en qué demonios creo: en Dios, el diablo, en Santa Claus o en campanilla… Pero… solo soy un hombre, un hombre débil, nada puedo. Pero hay algo que me va arañando y hurgando por dentro, como la uña de Dios y… al final no soporto más el dolor y salgo disparado de la oscuridad hacia la Luz. Algo así.” Son palabras con las que me identifiqué. Las vidas del seminarista y del sacerdote no siempre son fáciles, no son un camino de rosas. Por supuesto que hay gozos y alegrías, sin duda, pero no hay que ignorar los baches, las cruces… No obstante, la realidad es la que es: Dios siempre está ahí, con su poder salvador, llevando las riendas de mi vida. Habrá cruz, sí, pero no imagino mi vida sin responder a la llamada de Dios. Que quede bien claro: yo no quiero ser sacerdote, pues la vocación no es algo que me invente yo; quiero ser sacerdote, porque Dios quiere que yo lo sea. He comprobado, en estos años, que la llamada es real, que quien me ha llamado es el Amor. Y esto me hace muy feliz, me da paz, llena mi vida de sentido. No puedo decirle “no” a Dios. Aparte de que no sería feliz, sería muy egoísta por mi parte, ante un Dios que no me ha dado más que amor.

Y es que por aquí va la cosa. Durante mucho tiempo me pregunté y le pregunté a Dios que “por qué yo”, “por qué no otros” (otros con mejores capacidades, más dones, más… idóneos para el sacerdocio). Pero mi párroco dijo un día -palabras que se me quedaron grabadas- que, si Dios te elige, si Dios te bendice, no te preguntes por qué, sino simplemente lánzate a Él, siéntete agraciado, bendecido, amado, dale las gracias y responde.

Termino… Si estás pensando en la vocación sacerdotal, o si algo de aquí te ha ayudado, gustado, o te sirve, me alegro de verdad; si no, pues reza al menos un Ave María por este pobre pecador. Lo que está claro, pues, es que hay que responder, que hay que apostar: optar o no por el amor de Dios. Jugárselo todo a esta llamada hará que toda tu vida esté en vilo, que puedas perderlo todo; si te arriesgas, no sé si lo ganas todo, pero lo que es cierto es que ganas a Dios -que es más que “todo” (¡paradoja!)-, a un Dios que lo vas a llevar a los demás, para que ellos también lo ganen y, a su vez, hablen de Él a otras gentes.

Por cierto, me llamo Fran, soy diácono de la Diócesis de Cuenca, España, pero eso da igual. Mi historia, mi vida, no es original, sino que es la de cualquiera que intenta devolverle a Dios un poco de amor; y, como decía un santo español del siglo XX, intento, en mi vida, “que sólo Jesús se luzca” (San Josemaría Escrivá).

AMDG

Francisco Miguel Martínez

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