Catequesis

Santa Juliana de Nicomedia

Juliana nació en el año 285 d.C. en la ciudad griega de Nicomedia, actualmente en Turquía y uno de los mayores centros administrativos del Imperio Romano. Era hija de un aristócrata pagano llamado Africano, quien era un destacado abogado, y su madre era agnóstica. Su familia no veía con buenos ojos al Cristianismo y, con el inicio de la persecución anticristiana del emperador Diocleciano en el 303, su padre fue nombrado como fiscal para organizar los juicios contra los cristianos de Nicomedia.

Pese a que su ambiente familiar no era nada favorable para la vivencia de la fe cristiana, según el Martirologio Romano, cuando Juliana tenía 15 años entró en contacto con las enseñanzas de Jesucristo. Con un corazón puro y abierto a la Gracia de Dios, la joven recibió con gran amor el mensaje de Nuestro Señor, razón por la cual decidió entregarse en cuerpo y alma a Cristo, y se hizo bautizar en secreto. Luego de su bautismo, consagró su virginidad al Señor para dedicarse más enteramente a Él, renunciando definitivamente a la idea del matrimonio; no obstante, Juliana era una joven muy bella, por lo cual ya comenzaba a tener muchos pretendientes para el momento de su bautismo.

Tres años después, el joven senador romano Eluzo, quien a su vez era muy apreciado por el padre de Juliana, decidió contraer nupcias con la joven cristiana. Entonces, Eluzo se acercó al ilustre abogado, quien quedó muy complacido con la idea que su hija se casara con un joven político prometedor. Los dos arreglaron el matrimonio, y Africano consiguió que su hija se entrevistase con su pretendiente. De esta manera, una tarde Juliana recibió a Eluzo, quien se presentó muy ceremoniosamente y, después de elogiar la belleza y cortesía de la joven, le propuso matrimonio.

Juliana, pese a ver que su consagración estaba en riesgo, con gran amabilidad y reverencia encomió al joven senador y le hizo saber que se sentía muy honrada de ser pretendida por tan ilustre ciudadano; sin embargo, le hizo saber que declinaba la proposición, a no ser que Eluzo llegase a ser juez y prefecto de la ciudad de Nicomedia. El joven senador, aunque perplejo por haber sido rechazado en su pretensión matrimonial, no se desairó; por el contrario, usó todo su talento para pronto llegar a ser nombrado como juez y, con sus influencias en la corte del co-emperador Maximiano, que en ése entonces estaba residiendo en Nicomedia, en poco menos de un año llegó a ser prefecto de esta ciudad. Una vez obtenidas estos dos importantes cargos, Eluzo nuevamente solicitó el permiso de Africano para casarse con su hija, quien aceptó con mucho mayor gusto que la primera vez dados los méritos del joven romano.

En la segunda entrevista entre los dos jóvenes, Juliana, haciendo gala de su educación aristocrática, elogió los logros de Eluzo y le hizo saber su sincera admiración por su talento y tenacidad, empero, no quiso aceptar de nueva cuenta su proposición. El joven político, al cuestionarla al respecto, hizo que ella, no queriendo faltar a su palabra sobre que lo aceptaría si obtenía los dos cargos anteriormente mencionados, le contase sobre su vivencia de la fe cristiana. Le habló sobre Jesucristo, sus enseñanzas y la Iglesia, le hizo saber que ya se había bautizado y había decidido consagrar a Dios su virginidad; no obstante, podía aceptar casarse con él bajo una condición: que se convirtiese al Cristianismo y, con la Gracia de Dios, mantuviesen un matrimonio semejante al de la Santísima Virgen María y su esposo San José.

Realmente sorprendido por la declaración y propuesta de Juliana, Eluzo se despidió con mucha formalidad de la joven, y de inmediato buscó a Africano para ponerlo al tanto de la situación. Horrorizado en un primer momento, y después poseído por una gran rabia, el padre de Juliana fue a verla para cuestionarla en persona sobre lo que le había contado el joven prefecto ya que le parecía tan descabellado que hasta pensaba que era una broma de mal gusto. Antes de partir, le dijo a Eluzo “Si esto es verdad, seremos juez y fiscal para mi hija”. En cuanto el abogado vio a Juliana, procedió a interrogarla sobre la situación, ante lo cual la joven virgen no negó nada y refrendó su fe en Jesucristo. Su padre, en un intento por hacerla recapacitar, le mencionó todos los beneficios que tendría con casarse con Eluzo, que ella sería la primera dama de la ciudad y que, con un poco de suerte, en el futuro pudieran irse a Roma para servir directamente en la corte del Emperador. Juliana muy firme en su Fe, le dijo a su padre que nada de eso lo veía mal, pero si para ello tenía que renunciar a Dios Nuestro Señor, lo estimaba en nada. Furioso por su respuesta, Africano exclamó “¡Por Apolo y Diana! Más quiero verte muerta que cristiana”.

De esta manera, Eluzo dio la orden de iniciar el juicio contra Juliana al estar en vigor el decreto persecutorio de Diocleciano. Su padre fue quien presentó todos los cargos contra ella ante el tribunal, y buscando la manera en que abjurase de su Fe, solicitó al juez que se procediese a la tortura. Aunque terriblemente afligida por ver la crueldad de su progenitor, Juliana lo siguió tratando con filial amor y respeto, pidiendo a Dios por su conversión. Cuando iniciaron los suplicios, Africano la instaba a abandonar su Fe, pero la joven mártir se negaba pese a que las flagelaciones le destrozaban la espalda. Luego de su primera prueba, se le encerró en la prisión, donde tuvo la visión de un ángel, que en realidad era el Demonio disfrazado, que intentaba convencerla de que cediese a las pretensiones de su padre y su pretendiente; no obstante, ella oró y pidió que el Espíritu Santo iluminara su mente, lo cual le dio el discernimiento de ver que esto era una trampa del Maligno, y ahora más que nunca decidió enfrentar la gran prueba a que se veía sometida.

Después prosiguió la aplicación de estaño derretido en sus extremidades, además de someterla a un baño de aceite hirviendo. Ya muy malherida y desfigurada por causa de las pavorosas quemaduras, Eluzo, horrorizado de ver el mal que le había hecho a la inocente virgen, ordenó detener los suplicios y que los verdugos le diesen una muerte rápida a Juliana. Fue así que se decidió decapitarla, lo cual fue hecho al alborear el 16 de febrero del 305. Encomendándose en su último aliento a Dios y pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen, Juliana expiró bajo el peso del hacha que la decapitó. Tenía 18 años. Sus reliquias se volvieron pronto objetos de veneración entre los cristianos de Nicomedia, aunque, durante la paz de Constantino se trasladaron a Cumas, Italia, y de ahí fueron llevadas a España a principios del siglo XIII, bajo el patrocinio de los condes de Castilla. Las reliquias llegaron hasta Cantabria, donde se construyó la abadía de Santa Juliana para conservarlas, o Santa Ileana en castellano antiguo, que por corrupción del nombre dio origen a la villa de Santillana del Mar.

Con toda esta gran historia, es posible extraer algunas enseñanzas para valiosas para los cristianos de hoy, especialmente para los jóvenes. Preguntémonos, ¿Es importante para mí la castidad? ¿Mantengo el cariño y respeto a mis padres aún si tengo diferencias con ellos? ¿Trato con caridad y respeto a los que piensan diferente a mí? ¿Reconozco las virtudes de aquellos con los que no simpatizo? ¿Hago oración para pedir la ayuda de Dios en las pruebas que enfrento? En esta memoria de la santa, pidamos su intercesión para que, a semejanza de ella, nos consagremos a Dios en cuerpo y alma, demos su merecido respeto a la castidad y sacralidad del matrimonio, y oremos para pedir la luz del Espíritu Santo para discernir la voluntad de Nuestro Señor en las pruebas que enfrentemos para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández.

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