Testimonios

«Y cuando menos te lo esperas, llega Dios y te sorprende». Margarita da Silveira

Me llamo Margarita, tengo 30 años. Nací en Uruguay, pero vivo en Argentina hace mucho. De pequeña no he tenido una educación católica. No tuve a Dios en mi corazón y en mi vida, sino hasta los 28 años. He encontrado la Fe ya de adulta. Siempre decía que creía, pero era más por costumbre, por tradición. Tampoco iba a Misa. Y rezaba muy poco o casi nada. Me enojaba con Él cuando las cosas no salían como yo quería. Repetía mucho lo que escuchaba por ahí o leía, pero realmente no tenía fe y tampoco tenía a Dios conmigo. Pero sí sabemos que Él siempre está con nosotros, claro.

Fue después de una mala experiencia, una relación conflictiva, que he vivido, ¡Dios me salvo! En un momento muy feo, me puse a rezar y le hablé por primera vez, sin saber si me iba a escuchar o no. Creo que ese fue nuestro primer encuentro mano a mano. Entonces le dije, Padre: ¡Me tienes que sacar de aquí! Y así fue. Seguramente ya me venía escuchando de hace mucho y esperó el momento, porque así es Él.

Cuando la desgracia llega a tu vida, no es fácil enfocar la situación con paz y templanza, el dolor irrumpe fuertemente y puede nublar la mirada. Es verdad que hay cosas que no se entienden y no podemos comprender, cómo un Dios bueno permite ciertas cosas… He oído tantas veces la palabra: Injusticia. Pero yo creo que la vida no va de esto. Las cosas ocurren y a veces se necesita un poco de perspectiva para poder valorar lo acontecido y confianza para aceptar la voluntad del cielo. Dios utiliza los peores momentos de nuestras vidas, para prepararnos para los mejores.

A partir de ese día, no sólo que se afianzó mi FE, si no que Él ha obrado maravillosamente en mí. Empecé un camino, de búsqueda a su encuentro, he tenido una sed de Él como nunca antes. Me tomó de la mano cuando más lo necesitaba, me enseñó a sonreír y ser agradecida por las pequeñas cosas. Que, aunque dude y tenga miedo, tengo que tener FE.

Hubo un encuentro con el Papa Francisco, en febrero del 2020, en El Vaticano, que realmente fue un regalo. Alguien que admiro y quiero mucho, con su humildad y sonrisa, me dio un beso, me bendijo, y tiró estas palabras: «estará todo bien y reza por mí». Ese encuentro cambió mi vida. Jamás había experimentado nada igual. No pude entender todo lo que estaba viviendo, lo que el Señor, preparó para mí, fue un camino maravilloso.

Pero todavía quedaba algo más, en plena pandemia y yo sin tener a donde ir, termino en un albergue de peregrinos en Cantabria (España), precisamente en Güemes. Venía muy lastimada y él, así sin más, me abrió las puertas de su casa, donde me dio un techo y comida. Ha sido un maestro para mí. Es de esos escasos lugares donde uno siente la obra de Dios en todo. Un sacerdote, con una historia de vida, una luz, una entrega por el otro que jamás vi. Ernesto me cobijó, en su casa, donde trabajé y pude convivir, dos meses. Luego en ese viaje a Europa, donde recorrí Italia, Francia, España y Suiza. Han sido muchas señales y bendiciones, Jesús me ha llevado por un camino de transformación. Me ponía a rezar todo el tiempo y entraba a todas las iglesias. He ido a todas las Misas, a cada lugar al que llegaba, aunque no entendía el idioma, pero el lenguaje era uno solo, el amor y la Fe en DIOS. Tenía una necesidad de Él, lo buscaba en todas partes.

Una vez de regreso a Argentina, decidí tomar la Comunión y la Confirmación, necesitaba devolverle a Él todo lo que había hecho por mí y era una manera de decirle: Señor acá está tu hija, la oveja que estaba perdida, aquí estoy para amarte y servirte, el resto de mis días.

Participo a diario en la Iglesia del Pilar, donde tomé los Sacramentos, donde voy a Misa y donde encontré un refugio. Formo parte de una fundación que se llama Arcores y ayudamos a personas en situación de calle, con bajos recursos. Y creo que este es el comienzo de muchas cosas grandes que vendrán.

Los cristianos vivimos con el corazón deseoso de compartir la riqueza que tenemos. Deseoso de que muchos corazones puedan convertirse. Incluso yo misma he visto la conversión como la meta de un corazón conquistado y poseedor de paz. Tenemos que dejarnos sanar por Dios, tenemos las herramientas necesarias para vivir libre y poder amar bien. Dios sabe lo que pone, sabe lo que quita y sabe lo que hace. Nadie se ha quedado fuera de sus planes, que son siempre grandes. Dios nunca abandona.

Tener fe es firmar una hoja en blanco y dejar que Dios escriba lo que sea.

Margarita da Silveira.

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