Cambiar el mundo

¡Silencio!

Hoy en día es casi imposible conocer a las personas. Ardua es la tarea de quedar con un amigo a charlar y conocer sus inquietudes. Iría más allá, es más probable que te lo encuentres en una discoteca que citándoos para charlar una tarde tranquilamente.

Cada vez que observo a mi alrededor me percato de que los jóvenes de hoy en día necesitan menos del ruido ensordecedor de una discoteca o de las redes sociales. No quiere decir que esté enarbolando la bandera de guerra contra las discotecas o las redes sociales, sino que todo exige una prudencia y un equilibrio.

Muchos de ellos, con los que tengo la suerte de poder escucharles y aprender de ellos, me cuentan que les llena más interiormente una conversación profunda por el campo que escuchando la última canción de Bad Bunny, hacinados en una discoteca. Muchos de ellos quieren salir de ese lodazal pero se ven incapaces porque cómo desde las tribunas y altavoces de la sociedad actual se les repite por activa y por pasiva que la solución a todo es el desenfreno de sus deseos y pasiones, cada vez que están angustiados acaban echándose en los brazos de la perdición.

La concepción vital que se asienta en la experiencia trae consigo una atomización de la sociedad y unas de las consecuencias más inmediatas son la profunda indiferencia y el egoísmo imperantes en este siglo. Familias desestructuradas y relaciones pasajeras proliferan en cada rincón.

El problema de asentar la vida en una serie de experiencias o placeres es que una vez aparecen las tempestades, todo se derrumba porque no hemos edificado sobre roca. Cuando uno se ve en medio de ellas (todos, tarde o temprano, estamos en alguna), generalmente ocurre que uno abre más el grifo y busca un placer tras otro hasta saciarse y siendo un pozo sin fondo, la reiteración en esas acciones suelen provocar un profundo hastío y apatía.

La inmensa mayoría de los problemas no se solucionarán saliendo de fiesta. Es una creencia bastante arraigada a día de hoy y que películas y novelas baratas nos regalan día y noche. No obstante, esto no hace más que ahondar en los problemas que cada uno está padeciendo.

Quizás, llegado a ese punto, es recomendable retirarse del mundo para hablar con Dios y con un buen sacerdote o un amigo virtuoso que nos ayuden y para ello es necesario ser sincero con uno mismo y con el otro, con Dios. Seguramente, una vez abiertos a nuestro amigo, aquella montaña que nos parecía imposible de sortear, ahora no nos parece una tarea tan complicada.

Manuel de Toro

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