Catequesis

San Felipe de Jesús ¿Qué nos enseña?

Felipe de las Casas Martínez –el nombre de nacimiento del santo– nació el 1 de mayo en la Ciudad de México, capital del Virreinato de la Nueva España, hijo de los españoles Alonso de las Casas y Antonia Martínez. Fue el mayor de once hermanos. Su familia era de comerciantes, de posición económica acomodada. Se decía que era un infante bastante inquieto y travieso. Cuenta la tradición oral que en su casa servía una mulata; un día, al salir al jardín de la finca luego de una de las muchas travesuras del niño, se dice que ella exclamó: “Ay Felipe, es más fácil que esta higuera seca reverdezca a que tú llegues a ser santo”.

Cuando Felipe creció, su padre lo envió a estudiar gramática en el colegio de San Pedro y San Pablo, regido por la Compañía de Jesús; no obstante, siempre mostró habilidad para la artesanía de la plata, que en ése entonces se estaba volviendo muy importante en la Nueva España. En su adolescencia decidió ingresar al noviciado franciscano, en el Convento de San Francisco de México. El joven Felipe, sin embargo, no pudo soportar la vida austera y la severidad de las normas de la Orden Franciscana. Se escapó del convento y regresó a su casa.

Su padre, al notar su habilidad en la elaboración y comercialización de artesanías de plata, decidió enviarlo a las Filipinas a fin que sirviera como enlace comercial de su familia con el Lejano Oriente. Fue así que, con 21 años, el joven se encontraba en la ciudad de Manila, Filipinas, que apenas había sido conquistada en 1571. Como Manila era un puerto comercial muy boyante, Felipe disfrutó de los muchos placeres mundanos que le ofrecía. Gracias a su habilidad con el comercio, pronto ganó buen dinero y pudo codearse con militares que planeaban nuevas conquistas para Felipe II y acaudalados mercaderes. El joven comerciante vivió mundanamente un par de años, pero poco a poco lo iba invadiendo un vacío existencial que comenzaba a transformarse en sentimientos de angustia y sinsentido hacia la vida. Por algunos malos negocios, Felipe perdió mucho de su capital, lo cual le valió ser abandonado por sus supuestos “amigos”. Estando muy dolido y buscando respuestas, en una misa el joven escuchó a Cristo que lo llamaba a través de su Palabra: “Si quieres venir en pos de mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (Mt 16:24).

Una vez que el fuego del Espíritu Santo reavivó su vocación religiosa, Felipe decidió regresar a la Orden Franciscana, uniéndose al joven Convento de Santa María de los Ángeles de Manila. Escogió el nombre de Felipe de Jesús, y luego de un año, a los 23 años de edad, hizo su profesión religiosa permanente. Durante los dos años siguientes, el joven franciscano se entregó en cuerpo y alma al estudio, la oración y la caridad hacia sus hermanos más necesitados. En 1596, una vez que concluyó sus estudios teológicos, por gracia de Dios, sería ordenado sacerdote; sin embargo, como en ése entonces no había un obispo en las Filipinas, tenía que viajar a la Ciudad de México para ser ordenado.

La travesía por el inmenso océano Pacífico era bastante peligrosa y sucedió que la nave en la que viajaba Felipe, estuvo un mes a la deriva luego de entrar en una zona de viento muerto. Luego, una terrible tempestad estropeó la navegación del barco, arrastrándolo a las costas de Japón, donde terminó por destrozarse luego de encallar. Conscientes de que allí existía una misión franciscana, Felipe y su superior, fray Juan Pobre, decidieron buscar al superior de la Orden en territorio nipón. El joven, aceptó con gran entusiasmo el llegar al Japón ya que sentía que podía colaborar fuertemente en la evangelización de sus habitantes.

El tiempo que pasaron en Japón lograron la conversión de muchos de sus habitantes; sin embargo, la nobleza nipona veía con gran desconfianza a los misioneros cristianos. Temiendo que los daimios –señores feudales– se convirtieran al cristianismo y se rebelaran, el regente imperial, Toyotomi Hideyoshi, decidió perseguir y expulsar a los misioneros y conversos bajo pena de muerte. Fue así que, el 30 de diciembre de 1596, todos los franciscanos en territorio japonés, incluyendo a Felipe, fueron arrestados. Debido a que él y sus colegas que lo acompañaban en el barco a México llegaron en calidad de náufragos, se les ofreció la dispensa de salir de la isla en la primera nave que partiese; no obstante, Felipe decidió abrazar la cruz del martirio.

El 3 de enero de 1597 inició su largo calvario. Primero los azotaron y les cortaron a todos la oreja izquierda. Los hicieron marchar de Tokio a Nagasaki, haciéndolos pasar de pueblo en pueblo para que la gente los humillara en las plazas públicas, sufriendo las inclemencias del gélido invierno. Una vez que llegaron al puerto de Nagasaki, el 5 de febrero, el joven mártir fue colgado de una cruz con argollas de hierro al cuello y en las muñecas, mismas que se ajustaron para asfixiarlo lentamente. Durante todo su martirio repetía “Jesús, Jesús, Jesús”. Debido a que su muerte se estaba prolongado mucho, los verdugos tomaron dos lanzas y lo atravesaron en sus costados, perforándole una de éstas su corazón. Tenía 24 años cuando murió. Cuenta la tradición que, en el día del martirio, su antigua niñera mulata, salió al jardín de la casa paterna del joven, y al ver que la vieja higuera comenzaba a retoñar, inmediatamente recordó las palabras que pronunció años atrás y rompió en llanto.

Cuando se supo sobre el martirio de Felipe y sus 25 hermanos, las autoridades eclesiásticas de México decidieron celebrar su testimonio de fe. Gracias a esto, el 14 de septiembre de 1627 fue beatificado por el papa Urbano VII, y el 8 de junio de 1862, a petición del emperador Maximiliano de México, Pío X lo canonizó. Desde entonces, se le considera como el patrono de la Ciudad de México y la juventud mexicana.

Valiosas lecciones pueden tomarse de la vida de éste santo, aunque posiblemente la que más destaca es su conversión hacia una entrega absoluta a Cristo. Pensemos, ¿Dejo que los bienes materiales y diversiones del mundo ocupen el lugar que le corresponde a Dios? ¿Sigo un camino de constante conversión hacia Dios? ¿Acepto dócilmente la voluntad de Nuestro Señor en las pruebas que pone en mi vida? ¿Estoy dispuesto a amar hasta el extremo como Cristo para dar testimonio? En esta memoria del santo, pidamos su intercesión para que, a semejanza de él, renunciemos a nosotros mismos, tomemos nuestra cruz y sigamos a Cristo alegremente para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga

Artículos relacionados

No se han encontrado resultados.

Últimas entradas

Menú