Cambiar el mundo

El Baile

Sobre un Dios enamorado

Al bailar, cada pareja es única. Tal vez sigan los mismos pasos y escuchen la misma canción., pero a cada una de ellas las rodea e integra algo propio, algo que se encuentra oculto tras un delicado velo. Algo inimitable. Sus cuerpos se ajustan, sus miradas se cruzan, la mano de él recoge la cintura de ella con firmeza y la impronta que generan es íntima e inigualable. Se puede tener al mejor profesor de baile guiándonos con dulzura y, sin embargo, jamás será comparable a la ternura que compartimos con aquel de quien realmente estamos enamorados.

Dicen que el baile más romántico de todos es el vals, ese que disfrutan el marido y la mujer recién casados y para el que se han compuesto melodías que deleitan el alma. Discrepo. El baile más romántico es la vida misma. Y el compañero más acertado, Jesús.

Jesús se inclina ante la mujer, ante la Humanidad en su conjunto y concretada en una persona, arriesgándose a ser humillado por un rechazo mientras pide un solo baile, el de la vida. Cuando la dama le rechaza, se retira discretamente dando un par de pasos hacia atrás. Pero en ningún momento deja de observarla. Clava sus ojos en los movimientos de ella, y contempla. Contempla cómo su amada acepta la invitación de otro, cómo se ríe de las bromas de quien la ha seducido con poder, sensualidad y fama.

Pero el amor es paciente (1 Cor, 13:4). Jesús es paciente. Espera junto a la ventana, apoyado en el marco. Mira a la joven con infinito cariño a pesar de que ella haya elegido a otro, a pesar de que Su corazón le duele, signo de que está profundamente enamorado. Sufre, pero no se inquieta. Sigue esperando.

De repente, ella comienza a notar que su compañero de baile está buscando a otra. Ve cómo deja de prestarle atención, cómo en un abrir y cerrar de ojos la suelta y, sin siquiera mirarle, le da la espalda y se aleja, abandonándola, dejándola sola y vacía. Rota.

Entonces Jesús se incorpora, y con una sonrisa que encandila al espíritu, la rescata de la vergüenza a la que se ha visto expuesta la joven. Ella, agotada por el cúmulo de emociones, agradece sin mucho entusiasmo el caballeroso gesto de Jesús, y se deja caer en sus brazos. No sabe que acaba de caer en los brazos más amables y firmes del mundo. ¡Qué bueno es Él! ¡Qué elegante! La sigue guiando, abraza a ese alma desesperada por un poco de cariño y disfruta de la dulce música. Pasan los minutos y ella, exhausta, vuelve su mirada hacia quien la sostiene. Los ojos de Él desprenden tanta ternura que la conmueven, porque son los propios de alguien que lleva toda una vida enamorado en silencio, y toda una velada deseando bailar con su amada. Y ella, aunque no lo entiende, sonríe y comprueba que Él la ha cogido antes de que cayera, ha seguido danzando al son de las notas de Strauss.

La realidad cae sobre la joven. No como un jarro de agua fría, sino como esa cálida luz de primavera que invita a cerrar los ojos y deja que el Sol bale el rostro. Alguien la ha rescatado, la ha mirado con amor a pesar de la vergüenza social, la ha acunado entre sus brazos y ha bailado con ella. Alguien que no ha dejado de mirarla mientras otro la seducía, que la ha acogido pese a todo.

Y qué sorpresa, el baile es infinitamente mejor. Si se equivoca en un paso, Jesús la corrige con dulzura, y cuando van a la par, no se cansa. Podría bailar eternamente. Se abandona – al principio con cierto temor ­– y deja que, cual caballero Él guíe, Él mande, Él sea uno por los dos.

Ahora el baile de la vida es un vals infinito, un eterno girar cargado de un Amor tan grande, que nadie podría superarlo, porque Jesús y ella están hechos el uno para el otro.

Patricia Navarrete.

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