Cambiar el mundo

El cielo, la patria de nuestro corazón

La memoria se desliza suave como un antiguo reloj de pared, donde las costumbres se hacen leyes y el olvido habita en la trinchera del ocaso, cuanto tiempo desperdiciamos en los juicios, en las murmuraciones, en ese “yo” que oscurece la luz de mi vida, cuantos rencores estrenados en el alba de cada mañana de ese protagonismo mundano. Que distinta sería nuestra vida si viviéramos en la pequeñez y el agradecimiento.
Los ojos miran los sentidos pasados de la ternura, la misma dulzura de la faz
incorruptible, de la blanca vestidura, buscaba los celestiales prados de esa
hermosura predilecta.

Mi vida abrumada entre tanto desorden, un sinsentido de prisas, un placentero mundo de protagonismos y falsas humildades, de descartes humanos y cancelaciones fraternas.

Delante de Dios en ese sagrario que abandona las horas de la Eucaristía, para besar nuestras heridas, mi cansancio era más bien agotamiento, ansiedad transportada en forma de nervios y agobios, ya nada tenía sentido, lagrimas que brotaban del alma como un silencio que reposaba en la fatiga mundana. Una pregunta me busca y me encuentra con la respuesta de iniciar un camino, ir a Lourdes al corazón de la verdad a reposar y encontrarme con Dios, allí había ido siempre que mi vida había sufrido y buscaba el descanso del dolor efímero. Iba a comenzar mi peregrinación interior junto a la Virgen, la Madre siempre permanece y nunca se cansa de esperar, junto al pesebre, donde de verdad están los golpes de nuestra vida, las situaciones inesperadas, los sufrimientos que aletean nuestro corazón, sin el olvido ni la indiferencia de recordar cada mañana que el pesebre es la lucha de nuestra vida.

Qué privilegio peregrinar en Lourdes, para convertir mi corazón en los días gozosos de la Natividad del Señor. No se trata de ser buen cristiano, se trata de abrazar la vida tal como viene, la enfermedad, la injusticia, la sorpresa, por increíble que parezca Dios se manifiesta en lo más vulnerable de nuestro ser.

Recuerdo aquella noche, fría y oscura en la Gruta de Massabielle, ese rostro bendito, esa blanca vestidura iluminada por las velas del santuario, cuantos nombres me venían a la cabeza, amigos, familia, compañeros de estudio y de voluntariado, pringados y hermanos de Hakuna, hospitalarios con los que tantas veces he peregrinado a este lugar bendito lleno de esperanza, era una lista grande que puse a los píes de la Virgen. Con esa fragancia a rosas blancas recordaba las palabras: “Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones”, cuantas plegarias, miradas, plegarias, Ave María, oraciones…Lavarse, limpiarse por dentro en ese manantial de agua viva que es Lourdes, convertirme para dar amor a tantas personas que nos necesitan, vivir lejos de la roca del egoísmo.

Esa noche, después de lavarme la cara y el corazón, volví a nacer de nuevo, a sentir las manos de mis padres acariciándome. Volví a mirar el cielo, esa morada eterna, esa gruta inagotable de agua que purifica, que sana y que convierte.

Cada Eucaristía es habitar en el mismo Cielo, es mirar con los ojos llenos de alegría, caminar por un mundo donde se transfigure el rostro. Debemos prepararnos para el cielo, no podemos vivir en la tierra a medias, sin sueños, sin esperanzas, sin construir un futuro lleno de dignidad, de respeto y de acompañamiento hacia los más vulnerables, que son el verdadero sacramento vivo de Cristo.

Quisiera acabar estas letras dando las gracias a aquellas personas que cada día me enseñan la verdad de la bondad, de la vida, del amor y de la belleza interior, donde de verdad se dibuja el corazón que sabe esperar a la voluntad de Dios.

Tan solo desde la sencillez, basta con amar.

Que hoy y siempre la Virgen María y Santa Bernadette nos ayuden a ser testigos
de la vida en Cristo, que es nuestra luz, nuestra esperanza y nuestra verdad.

“Porque eres la sonrisa de Dios,
El reflejo de la luz de Cristo,
La morada del Espíritu Santo,
Porque escogiste a Bernadette en su miseria,
Porque eres la estrella de la mañana,
La puerta del cielo
Y la primera criatura resucitad,
Nuestra Señora de Lourdes,
Junto con nuestros hermanos y hermanas cuyo cuerpo y corazón están
doloridos,
Te decimos:
Ruega por nosotros”.

Papa Emérito Benedicto XVI

Alberto Diago Santos

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