Cambiar el mundo

¿Son mis planes los de Dios?

Siempre he tenido muy presente la pregunta sobre qué quiere Dios de mí. Y la búsqueda de una respuesta es un recorrido apasionante que tiene como escenario mi propia vida.

Cuando uno se interroga sobre la voluntad de Dios en su vida es fácil tratar de autoconvencerse de que nuestros planes y proyectos coinciden con lo que Dios quiere. Maquillamos la realidad y ponemos mil excusas, buscando en el mundo aquello que sólo Dios puede darnos y que nos llena de felicidad plena. Sin embargo, llega un momento en el que toca elegir con valentía.

No, muchas veces mis planes no son los de Dios. Sus planes te descolocan. La tendencia natural es huir y asustarnos ante la falta de respuestas. Es en ese momento cuando empiezas a comprender que la fe consiste en eso: confiar aunque cueste entender. No se trata de un conformismo ciego, sino de la esperanza cierta en que Dios nunca nos ha dejado solos. Echa un vistazo a tu vida y comprobarás que Dios siempre ha estado ahí, aunque a veces no lo hayas sabido ver.

Al hablar de llamada, lo primero que suele venir a la mente es la vocación a un estado de vida, ya sea al sacerdocio, vida consagrada o matrimonio. Pero reducir la vocación exclusivamente a eso quizá sea una concepción demasiado sesgada. Si bien es cierto que cuando rezamos por las vocaciones lo hacemos por los diferentes estados de vida, descubrir esa llamada es algo trabajoso y que para nada es inmediato. Por eso, a la hora de interrogarnos sobre nuestra vocación, también debemos tener en cuenta qué me está pidiendo Dios ante determinadas situaciones o circunstancias que pueden presentarse en nuestra vida, como las dificultades o esos giros inesperados del guion. De igual modo, también es importante plantearse cuál es mi vocación en cada persona que me rodea: es decir, a qué me está llamando Dios en mi amigo, en mi pareja o en aquel compañero de clase que no me cae tan bien.

¿Y cómo saber lo que Dios quiere de mí? La respuesta a esta pregunta no es fácil, y por ello no debe ser tomada a la ligera. Algo que puede ayudar es buscar en nuestra propia historia: observar la manera en la que Dios ha estado presente en cada paso que has dado en tu vida es una tarea de introspección que requiere tiempo. Para ello es fundamental conocerte: pregúntale a tu corazón qué anhelos tiene e identifica cuáles son los dones que Dios te ha dado para ponerlos al servicio de los demás.

A la hora de discernir cualquier inquietud vocacional, conviene tener en cuenta algunos aspectos. Si aquello que crees sentir es algo recurrente, te da paz y serenidad y es algo bueno para ti y para los demás, puede que realmente sea una llamada de Dios. Si además te permite poner en juego los talentos que Él te ha dado, mucho mejor. Está claro que esto no es una fórmula mágica -pues cada vocación es única y se manifiesta en el encuentro personal con Cristo-, pero si estos signos acompañan a tu discernimiento es posible que vayas por buen camino. Los sacramentos, la oración personal y el acompañamiento espiritual son herramientas que te ayudarán a ir despejando el camino de dudas.

Si supieras todo lo que Dios ha soñado para ti te sorprenderías. No te asustes, se valiente y confía en su voluntad.

Hágase.

Ángel Lillo Arribas

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