Testimonios

No puedo dejar solo a Jesús

Me han pedido que cuente la historia de mi vocación. En un primer momento no me ha hecho mucha gracia, pero luego he pensado que recordar aquellos momentos donde Dios se metió en mi vida es otro modo de darle gracias. ¡Y hay mucho que agradecer!

El proceso de la vocación de cualquier persona no suele limitarse a un único momento luminoso. Sabemos de algunos santos cuya conversión y vocación tuvo lugar -aparentemente al menos- en un instante muy determinado. Pero no suele ser lo normal. La historia de una vocación suele ser una historia larga, con altibajos, con momentos de luces y de sombras.

En mi caso, mi vocación está indisolublemente unida a mi madre, y a unos largos paseos que daba con ella en las noches veraniegas. Solíamos pasar los meses de verano en una casa de campo, entre naranjos. Y mi madre, por las noches, invitaba a uno de mis hermanos o a mí, a dar un paseo después de cenar. Andando por aquellas veredas, con un cielo radiante de estrellas, hablábamos de mil cosas y, entre otras, nos hablaba de Dios, de la oración, de tratarle con cariño y amor.

Bastantes años más tarde le oí decir al Fundador del Opus Dei que el noventa por ciento de nuestra vocación se la debíamos a nuestros padres. Desde luego, en mi caso, puedo ratificar la exactitud de esa afirmación.

Con doce o trece años se me vino bastantes veces a la cabeza la posibilidad de ser sacerdote o misionero. Estudiaba en un colegio de religiosos y con una cierta frecuencia nos hablaban de Dios y de la labor llevada a cabo por los misioneros en tantos lugares del mundo. Alguna vez llegué incluso a comentárselo a mi madre. Pero no había llegado mi hora aún.

Tuve que esperar al último año de bachillerato. Comenzando el curso, en octubre, me invitaron a ir a un curso de retiro y acepté sin pensarlo demasiado. Años anteriores había hecho ejercicios espirituales con el colegio, y tenía buena experiencia, aunque no habían supuesto ningún cambio trascendental en mi vida.

Esta vez, el curso de retiro lo organizaba un centro del Opus Dei, en un chalet que nos dejaba una familia, en la playa de Moncófar, un pequeño pueblo entre Valencia y Castellón. Actualmente está toda la zona abarrotada de urbanizaciones, pero en aquellos años la playa estaba desierta y solo había unos pocos chalets muy separados.

El curso de retiro transcurrió normal. Duró solo dos días, más corto de lo habitual, porque el sacerdote que iba a darlo se puso enfermo y vino otro a sustituirlo, pero no podía quedarse el domingo porque tenía otras labores.

La última meditación fue el sábado por la tarde, ya anocheciendo. El sacerdote la dedicó a contemplar la pasión del Señor y fue comentando los distintos pasajes relatados en el evangelio. Casi al final, comentó el momento en donde Jesús exclama “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Hizo alguna reflexión más teológica y al final, casi de pasada, comentó que no podíamos dejar solo al Señor.

Estábamos unos doce chicos de último curso de bachillerato y primeros años de carrera. Todos oímos el mismo comentario pero, por lo que sé, a ninguno de los otros le afectó especialmente. Para mí, sin embargo, fue una frase que me conmovió profundamente.

El curso de retiro finalizó al terminar la meditación y, como es lógico, todos se pusieron a comentar y a hablar de mil cosas. Yo estaba tan removido que no quise participar del jolgorio general y me fui a andar por la playa, a oscuras, sin más luz que una luna tímida. Estuve casi una hora paseando a solas, repitiéndome en mi interior “yo no puedo dejar solo a Jesús”.

Ese fue el momento central. Pero aún pasaron casi tres meses de dudas y vacilaciones. Tenía entonces tres chicas muy amigas mías, y veía que podía terminar casándome con cualquiera de ellas. Así que tenía motivos para dudar muy seriamente. Fueron tres meses en los que tan pronto me sentía atraído por una vida de entrega, como la rechazaba de plano pensando que me estaba volviendo loco.

El empujón final fue una tarde cualquiera, haciendo un rato de oración en mi casa, en la que me pregunté sencillamente ¿qué quiero hacer con mi vida? Las posibilidades que se me presentaron fueron dos. La primera vivir una vida “normal”, como la de mis padres: formar una familia, trabajar, tener aficiones y envejecer tranquilamente. Y la segunda, embarcarme en una vida de aventura, de la mano de Dios, sin saber por dónde iba a salir.

Quizás tenía -y sigo teniendo- espíritu aventurero, pero caí en la cuenta de que la vida de mis padres, aun siendo muy bonita por muchas cosas, me parecía aburrida, y no la quería para mí. Quería esa vida de aventura, llena de imprevistos y de la alegría de vivirla junto a Jesús.

Ya digo que Dios nos va encaminando de muchos modos. Yo me había pasado toda la adolescencia devorando los libros de Julio Verne. Puede parecer una tontería, pero pienso que también influyeron a la hora de decidirme por la aventura. Como influyó, seguro, que mi padre era un enamorado del mar y nos enseñó desde pequeños a no tener miedo a nada.

El caso es que un 27 de diciembre -fiesta de S. Juan, de lo que no fui consciente hasta muchos años después- me decidí por vivir esa aventura divina. Y puedo atestiguar, que mi vida se podrá calificar de muchas maneras, pero nunca de aburrida.

De todos modos, la vocación continúa aún. Una cosa fue la decisión firme que tomé aquel día. Pero luego, tantas otras veces, Dios ha ido dirigiendo mi vida por caminos verdaderamente insospechados, y me ha llevado a vivir en bastantes ciudades distintas y a conocer a tantas personas que han ido enriqueciendo mi vida. Dios sigue llamándonos a lo largo de toda la vida, y la vocación se va concretando día a día, en una aventura siempre nueva y siempre renovada.

Jorge Ordeig Corsini

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