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Mis exámenes universitarios: los días raros

Muchos universitarios jóvenes, y no tan jóvenes, apuran sus últimos días de estudio intenso. Quieren llegar en las mejores condiciones a las pruebas que deben confirmar la adquisición y transmisión de los conocimientos que en sus carreras están trabajando. Son los profesionales de un futuro no tan lejano, con la barra de “en progreso” adornando sus cabezas.

Días aciagos, si no se ha trabajado regularmente, se entremezclan con días gloriosos, si la actitud, la aptitud, el sacrificio y la perseverancia conforman un todo que permite presentarse a cualquier examen con unas mínimas garantías.

El último paso, antes de conocer la nota, es la valoración del profesorado, un colectivo que, en estas fechas, puede ser denostado o alabado, normalmente en función de los resultados.

Recuerdo con extrema claridad, después de pasar mil veces por debajo, que, en el dintel de una de las puertas de mi colegio, había enmarcada una sentencia que rezaba, más o menos, lo siguiente: “La ciencia calificada es que, al final de la jornada, el hombre en gracia acabe: el que se salva, sabe; el que, no sabe nada”.

Podríamos establecer un paralelismo entre nuestros exámenes universitarios y nuestro examen final, el examen de nuestra vida, ese en el que nos encontramos frente al mejor tribunal posible y con un veredicto, tan inapelable y objetivo como determinante.

En la universidad, como en la vida, afrontamos trabajos y esfuerzos, con la promesa, cada vez más incierta, de un futuro mejor. Si somos capaces de luchar con constancia y abnegación, es muy probable que nuestro quehacer, tenga un final feliz. Si, por cualquier circunstancia, esto no sucede, aterrizaremos de lleno en la realidad de las recuperaciones y, quizás, muchos se planteen el abandono.

La buena noticia es que el Examinador de nuestra existencia, ha venido, precisamente, para acoger a los suspendidos, a los que necesitan de las “recus” para pasar de curso. “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Nunca es tarde, si la dicha es buena, como enuncia la sabiduría popular en el refranero español. Tengamos siempre presente, con San Juan de la Cruz, que “al atardecer de la vida, nos examinarán del amor”.

¡Ánimo, estudiantes! Los días raros, como cantan los madrileños de Vetusta Morla, llegan a su fin. Si se traducen en aprobados, serán buenas noticias para todos; si no, el remedio empieza por los codos.

Francisco Javier Domínguez López

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