Cambiar el mundo

Cómo la fe influye en nuestro día a día

Seguro que más de una vez nos ha sucedido, que hemos conocido a una de esas personas que te sorprenden por su alegría y vivacidad; al principio, puede parecer cuando las conoces que es solo apariencia, pero que seguro que forman parte de esa mayoría de personas que viven con cierta desesperanza y superficialidad. Sin embargo, cuando vas viendo a esas personas en su vida diaria, empiezas a descubrir que tienen algo que las diferencia del resto, que reflejan un amor por la vida desbordante, y que hasta en lo más ordinario, pueden disfrutar enormemente de lo que hacen.

Eso es lo que he visto yo en muchas ocasiones en las personas que viven cerca de Dios, y que lo ponen como prioridad en sus vidas. Lo cierto, es que esa felicidad y esa paz a la que todos las personas aspiran, es el claro reflejo de la acción de Dios en nosotros cuando le dejemos que Él actúe; y aunque parezca abstracto, la verdad es que al final es algo bastante sencillo.

Confiar en Dios y perseverar en nuestra fe, solo requiere abrirle nuestro corazón cada día…no solo en esos momentos en los que lo sentimos más cerca, o en los que todo nos es favorable para creer en Él, sino que es más importante aun, confiar en Él cuando estamos más “fríos”, cuando tenemos mil dudas, o cuando nos ocurren tantas cosas adversas que no encontramos el modo de explicarnos que Dios nos quiera, y que nos quiera felices. Justo es en esos momentos, cuando Dios está más cerca de nosotros y sólo nos está pidiendo que le abramos la puerta para actuar en nuestras vidas, aunque en un principio no entendamos lo que está pasando, o simplemente no pase nada.

Es en ese momento en el que le decimos Sí a Él, cuando precisamente nuestras vidas cambian. Y no cambian porque nos ocurran cosas extraordinarias, sino porque le dejamos a el control de nuestras preocupaciones, para ocuparnos de lo que verdaderamente Él nos pide: amarle a Él, y amar al prójimo tanto como a nosotros mismos. Cuando confiamos en Dios e incluso le contamos nuestras ilusiones, preocupaciones, alegrías, miedos…Él se ocupa de todo eso, tal vez no cuando queramos, pero sí cuando sea el mejor momento para nosotros. Y por nuestra parte, solo tenemos que hacer lo que al final llena a todos los seres humanos, que se basa en el amor: el amor a Dios, el amor a nuestras familias, amigos, vecinos, compañeros…el amor a la vida, el amor al gran regalo de la belleza de este mundo.

Cuando nos abrimos a dar todo ese amor, no solo Dios nos lo devuelve multiplicado, sino que además es cuando descubrimos los preciosos milagros que suceden cada día: el amanecer de camino a clase o al trabajo, la sonrisa de esa persona con la que te encuentras cada mañana, las risas con tus amigos, el agradecimiento sincero de ese compañero al que le echas una mano, la paz que regalas cuando consuelas a quien lo está pasando mal, ese paseo al atardecer con tu pareja, el abrazo de esa persona a la que llevas tanto tiempo sin ver…

Todas esas cosas son maravillosas, y a veces olvidamos que es gracias a Dios que podemos vivirlas y que siempre, tenemos muchas cosas que agradecer. Además, cuando le damos gracias a Él, es cuando mejor descubrimos la belleza de cada día; no importa si ha sido un mal día, si tenemos una preocupación por algo que escapa de nuestro control o simplemente tenemos que enfrentarnos a algo que no sabemos cómo abordar. Cuando estés en esa situación, no hace falta que pongas más de tus propias fuerzas, mejor confía en Él y deja que sea quien actúe, porque Él sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, pues al fin y al cabo todos somos sus hijos y desea nuestra felicidad incluso más que nosotros mismos.

Por eso, volviendo a donde empecé, vale la pena apostar por nuestra fe…no importa que no estemos en el mejor momento, porque es muy sencillo…solo confía en que Él está contigo y déjale actuar, aunque no lo sientas así en ese momento. Verás que lo que hace en tu vida es impresionante, y te darás cuenta que muchas cosas que ansías ya no las necesitas, porque cada día suceden tantos milagros que con ya con eso es suficiente.

Pilar Hernández

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