Cambiar el mundo

San Sebastián de Milán, el digno de respeto

Sebastián en griego clásico significa “digno de respeto, reverencia”. Sin lugar a dudas, el santo que lleva éste nombre le hace total honor. San Sebastián de Milán, el “Apolo cristiano” ha sido uno de los santos más representados en las artes clásicas, posiblemente gracias a su muy temprana devoción durante los primeros siglos de la Iglesia y a su muy particular martirio.

Según el Martirologio Romano, San Sebastián nació alrededor del 256 d.C. en Narbona, provincia de la Galia romana, en el seno de una familia noble y de tradición militar. A una muy temprana edad, se trasladó junto a sus padres a Milán, donde se educó. Ya de adulto, se enlistó en las filas del Ejército Imperial Romano, gracias a lo cual pudo mantener su fachada de un típico noble pagano al servicio del Imperio, y al mismo tiempo practicaba su cristianismo encubierto. Desde su posición ayudó a sus hermanos en la fe que eran perseguidos, a quienes visitaba y alentaba cuando eran encarcelados por causa de Cristo; asimismo, asistía abnegadamente a sus compañeros de armas, quienes pronto lo estimaron por su integridad. A los pocos años, la gallardía, obediencia y honradez que San Sebastián mostró durante su tiempo como soldado le valieron que pronto llegara a ser apreciado por los altos mandos del Ejército imperial, ganándose el respeto del emperador Diocleciano y su co-emperador, Maximiano.

A recomendación de Maximiano, en el 283, el joven soldado fue nombrado centurión de la primera cohorte de la Guardia Pretoriana, los guardias personales del Emperador. Si bien cumplía rigurosamente con la estricta disciplina castrense que su posición requería, jamás participaba de los cultos idolátricos y desenfrenos de la mayoría de los nobles romanos. Esto comenzó a levantar sospechas, ante lo cual fue llamado a audiencia ante el co-emperador Maximiano en el 286. Éste lo cuestionó si elegía ser un soldado del Imperio o de Jesucristo.

San Sebastián, quien ya formaba parte de la milicia de Cristo gracias al sacramento de la confirmación, no vaciló en profesar y reafirmar su fe. Enfurecido por su respuesta, Maximiano ordenó que le dieran muerte con flechas “hasta que lo dejaran como un erizo”. Fue así que llevaron al mártir a un campo cercano al Senado, donde lo desnudaron y lo amarraron a un árbol, después de lo cual recibió una gran ráfaga de saetazos que lo bañaron en sangre. Milagrosamente, esto no mató a San Sebastián, y luego de que el pelotón lo abandonara creyéndolo muerto, Santa Irene de Roma, viuda de San Cástulo, antiguo camarero del emperador Diocleciano, fue a ver al mártir a fin de enterrar su cuerpo. Al darse cuenta de que aún no había muerto, con ayuda de algunos amigos del joven soldado, tanto cristianos a los que había ayudado como paganos justos que lo apreciaban, Santa Irene lo llevó a su casa, donde cuidó a San Sebastián hasta que éste sanó.

Sus amigos intentaron convencerlo de que se fuese de Roma, empero, el mártir, cuyo corazón ardía por seguir dando testimonio de Cristo, fue al palacio imperial a presentarse ante el mismísimo emperador Diocleciano. Al verlo de frente, San Sebastián inmediatamente le increpó sus crueldades e injusticias hacia los cristianos; el Emperador, por su parte, luego de recuperarse de la sorpresa de ver a un hombre al que ya creía muerto, ordenó que matasen a San Sebastián a garrotazos. El mártir enfrentó su condena con valentía, y expiró encomendándose a Dios. Tenía 30 años. Luego de que terminó la ejecución, los soldados tiraron el cuerpo de San Sebastián al cieno del río Tíber, de donde fue recogido por sus amigos y otros cristianos que lo admiraban, para después enterrarlo en la Vía Apia, donde se ubica la famosa catacumba que lleva su nombre.

En un mundo secularizado como el actual, el ejemplo de San Sebastián puede servirnos para ilustrarnos la manera en que un cristiano puede relacionarse dentro de ambientes que son indiferentes u hostiles a las enseñanzas de Cristo. En primer lugar, el mártir puso en práctica la indicación de Jesús de “Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10:16); esto gracias a que, al mismo tiempo que aparentaba seguir al mundo, en realidad él obraba para Cristo y, discretamente, auxiliaba a sus hermanos perseguidos. De igual modo, su caridad y honradez hacia sus compañeros de armas, que en su mayoría no eran cristianos, dio un testimonio viviente de las enseñanzas de Jesucristo, gracias al cual se ganó su respeto y admiración y, seguramente, luego de su martirio impulsó a más de alguno a convertirse al cristianismo. Finalmente, San Sebastián mantuvo muy clara la diferencia entre lo que se debe de dar a Dios y lo que se debe de dar al César, siendo obediente y respetuoso a éste último en todo lo que no contraviniera a la Ley del primero, y denunciando aquellas injusticias cometidas por el segundo. Sin lugar a dudas fue un hombre digno de todo respeto.

Preguntémonos, ¿Dejo que los Césares de hoy ocupen el lugar de Dios? ¿Doy testimonio de Cristo a los no creyentes a través de mi vida y mis acciones cotidianas? ¿Ayudo a mis hermanos en la fe, especialmente a los que sufren alguna persecución? ¿Colaboro desde mi ocupación en la santificación del mundo? En esta conmemoración del mártir, pidamos su intercesión para que, a ejemplo suyo, seamos luz del mundo y sal de la tierra para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández.

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