Testimonios

Las almejitas están dormidas

Teresa. 28 años. Esposa desde hace 4 años y madre de tres hijos.

Anoche, mi hija de 3 años, muy sorprendida, mientras devoraba el cuenco de almejas que tenía delante, me dijo: “¡Mamá mira!, ¡esta almeja está dormida!”. La pobre almeja solo estaba cerrada, ya quisiera ella estar dormida…

Este razonamiento tan sencillo, tan peculiar, en definitiva, esa “relación personal de mi hija con su cena” como decía esta mañana mi padre (su abuelo) al conocer el suceso, esconde una grandeza mucho mayor. En estos tres años de maternidad, breves pero intensos, he aprendido que mis hijos son mi escuela, mis maestros, mis sabios… Se asombran con lo pequeño, lo sencillo y se lanzan al vacío con solo saber que estamos ahí para cogerlos. Alguna vez he pensado que en el fondo solo había ignorancia por su parte, inocencia, desconocimiento; pero no, hay PLENA CONFIANZA en su corazón y en sus ojos. Confianza volcada en sus padres, abuelos, maestros o hermanos y todo se soluciona con un abrazo, una caricia nuestra, un: “yo estoy aquí, no te preocupes”.

Cuando pierdo la paz (muchas veces en el día) vuelvo a esto: “llévalo tú Señor conmigo porque yo sola no puedo”, “esto lo dejo en tus manos”, “Señor, no lo entiendo, pero si así lo quieres yo lo acojo y te doy gracias por ello”. Todas estas frases, estas breves conversaciones que tenemos Él y yo valen para todo, desde fregar la cocina, madrugar para ir al trabajo, dar biberones a horas intempestivas o cargar con el dolor del sufrimiento de un ser querido. Mi objetivo de aquí a la vida eterna es conseguir sumar a todo ello la alegría. La alegría de saberme hija de Dios, de sonreír en el cansancio, en la dificultad. Y no se trata de una sonrisa forzada sino de una alegría propia de quien se sabe amado y cuidado, una alegría propia de un hijo que vive bajo el manto de su Madre y bajo la protección de su Padre.

Tenemos un tesoro que no se puede esconder porque brilla con luz propia. Pero aun me queda mucho por pulir ese de ese oro, aun no brilla como yo quisiera y que sea así toda la vida porque solo en el cielo lo conseguiremos. Pero no dejo de intentarlo, pido mucho la gracia del perdón, de perdonar antes de recibirlo y de pedirlo antes de sentirlo. Duele mucho porque el orgullo es herido. Cuesta abrazar a tu marido cuando tu corazón ha sido atravesado y pedirle perdón cuando crees que tienes motivos para no hacerlo, pero como una vez me dijeron: “en el matrimonio duda mucho de ti”, y es que Verdad solo hay una Señor y no la tengo yo.

Tenemos mucha suerte. A veces leo la vida de santos y sus hazañas, sus sufrimientos y en mi pequeñez pienso: “Señor no me pidas tanto que yo a eso no llego…”. Y entonces ¿qué me pides?, ¿qué quieres de mí Me quieres así, como soy hoy, con lo que me toca hacer hoy, y mañana…. Tú dirás, pero no me voy a empeñar en averiguarlo porque CONFÍO en ti.

Me veo pequeña, lejos de amar como Él ama, inmerecida de su perdón e incapaz de transmitir su grandeza a mi alrededor, pero ahí entra el milagro. Me emociona ver como Él se sirve de nuestras debilidades, de mis debilidades para hacer algo más grande. Y es que nuestros logros, hasta los más pequeños del día a día: una sonrisa a destiempo, un perdón anticipado, una pereza vencida o un corazón consolado son mérito suyo. No son otra cosa que haber agotado nuestras fuerzas y haber decidido contar con las suyas. La Gloria es suya.

A veces pienso que lo más grande que puedo hacer en esta vida es justo lo que puedo hacer ahora: amar en cada extremo y hasta el extremo.

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