Testimonios

Ojalá escuchéis hoy Su Voz: No endurezcáis el corazón.

Me llamo Israel Risquet González, nací el 26 de Julio de 1976, en Sevilla, España.

Soy sacerdote diocesano de Sevilla, me ordené el 5 de Septiembre del 2010.

Hablar de la vocación nunca es fácil. Tuve una juventud rebelde: vivía con mis abuelos maternos, soy huérfano(mi padre nos abandonó y mi madre murió con 27 años, tendría yo unos 5 años).

Consciente de mi vocación fui cuando estudiaba la licenciatura de Historia del Arte en la Universidad de Sevilla, y más concretamente en un encuentro de jóvenes con S. Juan Pablo II en Cuatro Vientos (Madrid), con motivo de la canonización de Sta. Ángela de la Cruz y después del testimonio personal del Papa, serían las 18:30h, aproximadamente, como diría S. Juan.

El cómo es más complejo: fue un proceso que se inició en mi vida cuando me acerqué a mi hermandad de la Sed, tendría unos 16 años y ni siquiera había recibido la Primera Comunión. La vida de hermandad me acercó a todo un mundo desconocido para mí: La Iglesia.

Mi párroco me recomendó también las Catequesis de las Comunidades Neocatecumenales y el grupo joven de la parroquia. Todo ello contribuyó a ir madurando la búsqueda del sentido de mi vida.

Dios que me creó, ¿Para qué me creó?”, que decía S.Ignacio.

Supe que Dios me llamaba una tarde que asistí al convento de las Hermanas de la Cruz, vi aquellas mujeres y…¡quería quedarme allí!, entonces lo supe, Dios me quería para Él.

Tras mi Ordenación he vivido mi ministerio con mucha ilusión, intentando que cada día fuera igual al que recibí el Sacramento, un torrente de Bendición. Recuerdo siempre las palabras en las Carmelitas de San Calixto de Córdoba donde hice los Ejercicios Espirituales antes de la Ordenación: “Sacerdote, celebra tu misa, como si fuera tu primera misa, como si fuera tu última misa, como si fuera tu única misa”.

En las Comunidades Neocatecumenales aprendí el trípode que sostiene mi vida cristiana: La Palabra de Dios, la Liturgia y la Comunidad (sin una comunidad, solo, es muy difícil vivir el cristianismo, por ello tengo mi propia pequeña comunidad); ahí están contenidas las bases sobre las que se levanta mi vocación y ello comprende, como es obvio: celebrar la misa diaria, confesión semanal con mi director espiritual, rezar la liturgia de las horas y oración personal escrutando la Palabra de Dios de cada día, el Rosario…y algo fundamental como es la formación permanente.

Querría añadir el pilar indiscutible de mi familia personal, vivo muy unido a mi hermana, con su esposo y mis dos sobrinos, me ayudan a aterrizar en la realidad y compartir la vida con ellos.

Vivo la vida cotidiana tratando de mantener la tensión del combate de la fe. Desde que me levanto con el serviam, como S. Juan Pablo II al bajar del avión en sus visitas apostólicas, y hasta que me acuesto con las completas y el examen del día.

Lo primero después de ofrecer el día es correr media hora escuchando música rock. Después rezo Las Laudes con los voluntarios que abren las mañanas la parroquia y celebro la Santa Misa. Cada día tengo dedicada una mañana a una misión pastoral: confesar, mi director espiritual, el colegio diocesano, el Santísimo los jueves, visitar a los enfermes y celebrar la Santa Misa en una residencia de mayores…retomo la tarde atendiendo el despacho recibiendo a personas, coordinando las catequesis, Cáritas,…ahora por la Pandemia me siento en la sacristía que es amplia y ventilada para confesar antes de la Santa Misa y rezo el Santo Rosario con los fieles. Después suelo acompañar en las celebraciones a las Comunidades Neocatecumenales.

Una de las bendiciones que me dio El Señor es que mi hermana vive muy cerca, así que almuerzo y ceno en familia, es un gran regalo, ir a la mesa solo es una de las cosas más duras del ministerio. No tengo día libre porque no tengo nada de que liberarme, me encanta mi vocación.

Ser Sacerdote en la actualidad supone como en todas las épocas una gran bendición y a la vez un escándalo. Bendición porque incluso en mis debilidades y pecados Dios va realizando su obra a través de mi, Él no elige a los capacitados sino que capacita a los que elige; ni os imagináis cuantos milagros he experimentado…en esta pandemia estoy abrumado de la necesidad de Esperanza y cómo las palabras del sacerdote, cuando dice las de Jesús, saca a las personas del miedo, es increíble.

Escándalo porque el mero hecho de ir vestido de sacerdote con el clériman es saberte abierto 24h al servicio, y muchos que sufren, y no aceptan ese misterio, responden despectivamente o con rechazo ante la presencia de lo trascendente.

Para que los demás se enamoren de la Eucaristía lo primero es que el que la celebra lo esté: “Dime cómo celebras y te diré qué sacerdote eres…”. No se puede entregar vida eterna si no creemos que estamos celebrándola. En cada Eucaristía celebrada el sacerdote misteriosamente pierde un poco la vida, eso los fieles lo perciben. Si fuéramos conscientes de Quién es ese que está ahí en la Eucaristía, ni siquiera dormiríamos tranquilos deseando ir a celebrarlo.

Pero si la Presencia de Jesús Eucaristía no va acompañada de reconocer Su presencia misteriosa en los pobres y enfermos, la vivencia de la transmisión de la Eucaristía queda desdibujada.

Mi primer destino fue asistir como secretario personal unos meses a nuestro Arzobispo emérito D. Juan José. Con él aprendí a servir “sin reloj”, como suele decir. También que tenga uno toda la tarea pastoral que tenga, no puede abandonar la vida interior, la oración principalmente; siempre sacaba tiempo para rezar, si íbamos a mediodía a un servicio pastoral, ya llevaba las vísperas rezadas, y en el coche siempre rezábamos el Rosario. Además esos meses me proporcionaron una visión de la Iglesia y de la Archidiócesis muy completa en todos sus ámbitos.

Después he sido capellán de un monasterio de contemplativas, las Salesas, siete años, y confesor de otro monasterio, San Clemente. Una experiencia muy ungida por La Gracia del Señor. La Paz con la que vivo mi vida diaria en todos sus ámbitos y trascenderlo todo constantemente se lo debo a “mis monjas”.

Al mismo tiempo de ser capellán y confesor fui destinado a la Parroquia de la Sagrada Familia, primero como vicario parroquial un par de años y desde hace nueve como párroco. Aquí es donde “me he hecho cura”, uno sale del seminario con muchas ganas y algún que otro pajarillo en la cabeza: es el estar con la gente lo que te hace aterrizar en sus vidas. El Pueblo cristiano te mete en La Misión, esta parroquia es una Gran Familia: Los Parroquianos de toda la vida, el Colegio Diocesano con más de 300 alumnos, las diecisiete Comunidades Neocatecumenales con cinco familias misioneras repartidas por el mundo, dos seminaristas y un neopresbitero ordenado hace un par de años, y las distintas pastorales de Catequesis, Cáritas, P. De la Salud, los jóvenes de Corazones Cruzados…me han llenado el corazón de nombres concretos y vidas maravillosas; fuimos creados para relacionarnos y si en esa relación les anuncias la Buena Noticia y ves sus efectos, es una pasada.

Si tuviera que destacar una dimensión que se ha fortalecido y he redescubierto en mi ministerio es La Misión, la Sagrada Familia es una parroquia eminentemente Misionera.

Desde que comenzamos en la parroquia por la mañana la jornada, en Las Laudes, ya incluimos la intención de las vocaciones y los sacerdotes. En la Santa Misa en las peticiones pedimos por los sacerdotes y las vocaciones, y suelo tener en la Intención presente a los sacerdotes que pasaron por la parroquia. Una vez al mes se reúnen en la parroquia el equipo responsable de la pastoral vocacional de los muchachos que sienten la Llamada al sacerdocio y pertenecen a las Comunidades Neocatecumenales de Andalucía.

Personalmente los jueves ante el Santísimo Expuesto rezo por los sacerdotes, especialmente por aquellos más cercanos a mí: el Arciprestazgo, mi promoción, mis amigos…

Elegí como lema de mi ministerio el testamento espiritual de Santa Ángela de la Cruz: “No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera”. Lo dejó a sus hijas, son palabras de su padre espiritual D. José Torres Padilla. Las grabé en mi Cáliz y trato de llevarlas a mi vida cada día.

Me identifico con Madre Angelita que me robó el corazón y con San Juan Pablo II. Ambos tuvieron una infancia muy dura y difícil, como yo, con mucha pobreza y adversidades, y en ambos santos, como en mi vida, Dios actuó de forma impresionante.

De Santa Ángela me sedujo su pobreza. Las Hermanas de la Cruz son Santa Ángela, miro sus vidas y me digo: como ellas, “si posible fuera”, pero en cura, al menos intentarlo. Las miras y ves felicidad en su entrega y pasión por la misión.

San Juan Pablo II cruza toda mi vida, me identifico muchísimo con él: su ser huérfano como yo, su seminario precario y clandestino, un poco como el mío por tener que vivir externo cuidando de mi Abuelita materna catorce años,…asistir a varias Jornadas Mundiales de La Juventud, especialmente a la del año 2.000 en Roma con dos millones de jóvenes, fue maravilloso. El Papa era Un Coloso de Dios y de cómo llegar a lo profundo de un joven, nada fácil en nuestra cultura. Cuando lo vi en Sevilla en el Congreso Eucarístico del año 1993 y desde la Giralda nos dirigió sus famosas palabras de: “No tengáis Miedo, abrir las puertas a Cristo”, me sedujo, y hasta hoy.

La vocación sacerdotal es un modo maravilloso de realizarse y servir a los demás llevándoles a Jesús. A mí decir: “sí” al Señor, me ha hecho feliz, vale la pena dar la vida a Cristo, sólo Él tiene el secreto de la felicidad verdadera.

Hoy soy muy feliz: Jesús me pedía mi tiempo, mi juventud, que el amor que había recibido lo diera a los demás.

Si escuchas hoy Su Voz, no esperes a responder mañana, quizás sea tarde…ánimo!

Gracias.

Israel Risquet Gonzalez

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