Testimonios

Dios que alegró mi juventud

Pasé varios años admirando los testimonios de conversiones de personas que desconocía mientras me jactaba de no necesitar que el Señor diera vuelta a mi vida. Estaba atrapada por el pecado mientras trataba de llevar una vida pseudo piadosa por aparentar que todo estaba bien. Mis días no tenían mucho sentido porque intentar conjugar lo bueno con lo malo es una tarea imposible condenada al fracaso. O todo o nada, como ilumina el acertado lema de la hermana Clare Crockett. Culpaba a Dios de no encontrar la paz mientras no ponía ningún remedio para caminar por la vía correcta.

Una noche de Santa Ana, tras dar un ultimátum a Dios, recibí unas luces muy grandes,
casi tan grandes como las lágrimas que brotaron cuando entendí la fealdad de mi pecado
y lo mucho que había ofendido a Dios con mi vida. Tras confesarme en el Santuario de
Santa María del Robledo al día siguiente, hice el propósito –incumplido no pocas veces
después- de que mi existencia aquí no supusiera nuevos clavos para Nuestro Señor
Jesucristo ni para mis prójimos.

Volví a frecuentar los sacramentos con fervor. Particularmente, fue la Santa Misa la que
cambió poco a poco mi corazón. Hasta ese año, pensaba que la misa en latín, como yo
la conocía, era una reliquia por la que yo no sentía afecto y que mi tía abuela y abuela
alguna vez recordaron. En la Cuaresma del año siguiente tuve la oportunidad de asistir
a la Santa Misa Tradicional organizada por Una Voce Sevilla en la ciudad en la que vivía.
Recuerdo coger el antiguo misal de mi abuela y estudiarlo minuciosamente para no
perderme y consultar los pocos vídeos que se había editado y publicado en YouTube.
Incluso escribí al encargado de la organización de la misa para pedir consejo sobre cómo
vivirla. Su respuesta me sorprendió: no te preocupes por el misal y los latines, sólo tienes que contemplar la belleza del Sacrificio incruento de la misa y adentrarte en ese
misterio.

Llegué aquel Domingo de Sexagésima al Oratorio de la Escuela de Cristo. Me sorprendió
ver fieles de mi edad pues consideraba, con toda mi ignorancia, que esas misas estaban
pobladas de señoras mayores. Me perdí en cuanto el sacerdote subió al altar. Ni misal,
ni latín me valían ya y recordé el consejo que me dieron. Solté todo y lo comprendí.
Había estado más de veinte años asistiendo a misa por rutina y nunca había
experimentado, hasta entonces, esa paz y ese silencio interior.

Para no fiarme de mis sentimientos, tan traicioneros y de los que desconfío tanto, volví
otros domingos a ese oratorio. La Santa Misa fue configurando y profundizando
paulatinamente mi relación con Dios junto a la influencia de Santa Teresita del Niño
Jesús, mi maestra espiritual. Ella decía que la Eucaristía era un beso de Jesús a su alma
y comprendí que la mía debía estar lo más limpia posible –alejada, por ello, del pecado para ser besada por Jesucristo en cada comunión. Aprendí a vivir la misa de cada tarde
en mi parroquia y a verla con un sentido sobrenatural y no como un acto más. La misa
tradicional me fue haciendo católica sin darme cuenta con todas las caídas posteriores,
fruto de mi gran debilidad y de mi condición pecadora.

En su seno he conocido personas muy buenas con las que comparto lazos muy vivos.
Siempre había querido tener una amiga católica con la que compartir esa nueva vida
que Dios me había regalado y Él me escuchó. Andrés y Juanfran, mi grandes amigos, me
habían soportado con toda caridad pero necesitaba una visión femenina. Sin duda, el
Altísimo hizo un gran acto de generosidad al poner a Marta en el camino al Cielo en una
misa tradicional de Oviedo. Ella me inspira una vida virtuosa confiando en la Divina
Providencia. La amistad radicada en lo santo es una fuente de bendiciones que anima a
tener siempre los ojos en el Cielo con la espalda bien cubierta. Juntas acudimos a la
Peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad en 2021 y en el sufrimiento del
camino estrechamos más aún nuestra unión. Aprovecho la ocasión para invitaros a la
que se celebrará, Dios mediante, en julio de este año.

Dios, que alegró mi juventud con aquella primera Santa Misa, me propuso el modelo de
mujer que anhelaba mi corazón y que, con mis actos, tanto había despreciado para
intentar ser una mujer moderna. La mujer fuerte más valiosa que las perlas; la mujer
laboriosa y servicial, prudente y modesta. Y como Dios no da puntada sin hilo, esa es la
lectura de la misa propia de Santa Ana (Prov XXI, 10-31), la fiesta que se celebraba el día que empezó mi conversión. Deo gratias.

Beatriz C. Rossell

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