Cambiar el mundo

¿Discutir o no discutir?

Encuentro, a propósito de las buenas intenciones de comienzo de año, que algunas personas se proponen no discutir más en las redes sociales y otras, al contrario, fortalecer sus discursos y mostrar mayor pasión en la defensa de su identidad. Quizá ambos, yendo en direcciones opuestas, hagan bien. ¿Quién mejor que cada uno para saber lo que conviene? ¿Quién, si no uno consigo mismo, para tomar decisiones libres y coherentes? ¡Ánimo!

Los cristianos somos, sin embargo, extraños hasta en esto. Extraños para el mundo que nos rodea y que, en ocasiones, no nos comprende. Puede que no nos expliquemos bien, pero no se termina bien de entender la lógica del Evangelio. Porque un cristiano, para bien o para mal, piense el otro lo que piense, no toma decisiones por sí mismo. Antes de discutir o no discutir -se supone- preguntamos a Dios, discernimos en compañía de otros, es decir, en comunidad, en la Iglesia, y al final cargamos con una decisión que no es solo nuestra. El cristiano no elogia la libertad, como otros. Al menos no para verse solo, aislado, reinando con su santa voluntad. Sea como sea, el cristiano se toma su tiempo, vive con otro ritmo y lo que hace en su vida cotidiana lo hace como quien cumple una misión. A medida que el Dios vivo y verdadero, a medida que vivimos en compañía del Señor Jesús y nos dejamos mover por el Espíritu Santo, nuestra vida deja de ser tan propia, se rompe el ensimismamiento y nos volvemos más hacia el prójimo.

Si alguien no lo ha probado, yo le invitaría a ello. Cada cual, además, tiene que hacer su camino y, en la Iglesia, encontramos personas en todo momento y situación, tan diversos entre sí, que es maravilloso. Vemos al joven con su ímpetu al que escuchar, al que ya no es joven y tampoco mayor que parece que camina como si tuviera todo hecho y al mayor, a quien muchas ocasiones convendría atender con más cuidado del que dedicamos. Perdonad el comentario, que no pretende ser ofensivo al tiempo que mostrar una gran riqueza y variedad. Unos necesitarán tiempo, vivir su propia subjetividad a fondo, si queréis que lo digamos así, y ser acompañados. Con los más jóvenes, más que discutir, deberíamos pedir paciencia. A los que están como si ya lo tuvieran todo hecho, cargados con las responsabilidades que van descubriendo, convendría agitarlos un poco más, hacerlos partícipes de la misión. Y a los mayores, siendo tan indefinida esta descripción, les pondría en un espacio respetable y honorable, siempre y cuando no quieran apropiarse el tiempo y el más pequeño de todos siga estando en medio, y la Iglesia se viva como comunidad en su servicio.

Si alguien me pregunta qué hay que hacer, si discutir o no discutir, le diría que haga su camino en compañía del Señor, con sinceridad del corazón. Que, en cualquier caso, deje a Dios la última palabra. Porque a lo mejor, de ese modo, nuestra palabra se vuelve más fecunda, es decir, se deja sembrar y muere en tierra buena. Quizá aquí, en esta necesidad de recuperar espacio público, el Señor nos muestre que no le amamos a Él si no amamos al prójimo. Y que la palabra es más importante de lo que parece, al tiempo que la Palabra, para el cristiano, se ha Encarnado para revelar al Padre, inaugurar el Reino y salvar a la humanidad.

Josefer Juan (@josefer_juan)

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