Haciendo las paces conmigo mismo

0
179

Hay situaciones en nuestra vida que son realmente desgastantes, y es un hecho que tenemos que atravesar por ellas. Considero que no hemos venido a sufrir, pero es inevitable el sufrimiento en la vida, sin embargo, como Cristo nos enseña, cuando re direccionamos todo aquello negativo que experimentamos, éste es un trampolín hacia una grandeza como aquella propia de los hijos de Dios: pues de umbrales enormes de sufrimiento han surgido reflexiones preciosas, respuestas a preguntas enormes, e iniciativas que ayudan a sanar nuestra sociedad, nuestros corazones, nuestra Iglesia.

Pero creo esencial que para llegar a eso, primero debemos hacer las paces con nuestro interior, con esos pequeños fantasmas que se acercan y muchas veces nos acechan, haciéndonos creer que somos un caso perdido, que no vale la pena dar ese paso en nuestra vida que nos hará salir de ese lodo o fango en el cual a veces estamos estancados.

Yo solía pensar que los defectos propios eran esos fantasmas, y hoy me doy cuenta que no es así, los defectos no nos detienen, sino la exageración de protagonismo de estos, cuando los ponemos bajo la luz principal de nuestra vida, cuando son lo predominante en nuestros pensamientos, esto nos lleva a predisponernos al fracaso.

Hacer las paces con nosotros mismos es dejar de desgastarnos por estos pensamientos, y al mismo tiempo tomar acciones que nos lleven a combatir los efectos de estas cosas que pensábamos, pues una cosa es clara: los defectos no desaparecen, pero con la virtud, podemos mitigar sus efectos y sus proporciones, pero sobre todo, pidiéndole la gracia a Dios, de saber aceptarlo con alegría, y de pedirle que nos ayude a ser nosotros mismos, y que nos transforme en lo que él quiera, sin culpas, con una verdadera libertad.

Abraham Cañedo