Querido abuelo

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Querido Abuelo:

Recuerdo cuando, de niña, me llevabas a la Cabalgata. Estaba prohibido subir a las carrozas de los Reyes, pero siempre acababa sentada en las rodillas de Melchor recordándole lo que pedía en la carta y alguna cosa más que se me había ocurrido en el último momento. Todos los años nos poníamos en el mismo sitio, recuerdo la ilusión, los nervios y todos los caramelos que acababan guardados en el bolsillo de mi abrigo. A la mañana siguiente, después de abrir los regalos en mi casa, iba a la tuya. Recuerdo la espera delante de la puerta del salón  y ver mi nombre en el sillón donde te sentabas siempre.

Cuando los pequeños terminábamos de abrir los regalos, llegaba el turno de los mayores. Pero nosotros estábamos muy ocupados estrenando los disfraces, metiéndonos dentro de las cajas y jugando con los primos.

Cuando crecí empecé a sentir curiosidad por ese momento y me quedaba en una esquina del salón viendo como abríais vuestros regalos: de uno en uno y casi sin romper el papel. Tú  decías que no necesitabas nada y que solo pedías que fuéramos buenos, pero siempre te traían otras cosas.

Solías abrir los regalos de la misma manera: los agitabas para escuchar si sonaban, luego los tocabas para tratar de adivinar su contenido y, finalmente, quitabas el celo de una de las esquinas.

A medida que pasaron los años, los Reyes empezaron a hacerte más ilusión, pero no por nosotros, por ti. Veías la cabalgata con otros ojos, con los ojos de cualquiera de tus nietos, con los ojos de un niño. Te asomabas a la puerta del salón para comprobar los paquetes que había en tu silla y abrías los regalos rompiendo el papel.

Desde que te fuiste, te pedí todos los años pero los Reyes no te traían. Pensaba que me dirían que “el abuelo está agotado y es imposible conseguirlo” pero me dejaron una nota que ponía: “no te hemos traído al Abuelo Antonio porque ya lo tienes”. Y era verdad. Yo te tenía, estabas en mi corazón, pero no te encontraba y por eso pensaba que te había perdido.

Abuelo, el miércoles quedamos para ver la cabalgata donde siempre. No faltes que te necesitamos para llamar a Melchor e irnos a dormir nerviosos con ganas de madrugar.

Te quiere,

Tu nieta.

Emma Glez-Baizán Glez-Lamuño