San Juan, quien escucha los secretos de Jesús [Meditaciones de Navidad]

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Ayer la Iglesia celebraba una fiesta que dentro de la Navidad que podría resultar extraña dentro de las diferentes celebraciones litúrgicas que tienen más que ver con el nacimiento de Jesús que con uno de los apóstoles. Es la fiesta del discípulo amado del Señor: San Juan Apóstol, San Juan Evangelista. Un apóstol al que San Josemaria apreciaba mucho.

¿Quién es Juan? Su nombre en hebreo significa: el Señor ha dado su Gracia.

Juan era natural de la ciudad de Betsaida, la misma que también era otro de los grandes amigos de Jesús: Pedro. Juan era el menor de una familia en la que el hermano mayor era otro conocido del maestro, Santiago. Puede, no es de extrañar por la coincidencia de edades, que fuera Santiago quién conociera más el Señor, de todos modos, esto toca dilucidarlo a los expertos. Juan era un adolescente cuando conoció a Jesús y tenía, según cuenta la Sagrada Escritura, un carácter fogoso y entusiasta. Era, como lo dice el evangelio, el Hijo del Trueno.

Juan además de sus estudios en la escuela de su aldea donde se aprendía fundamentalmente a leer se dedicaba a ayudar a su padre y a sus hermanos en el oficio de la pesca. Es de suponer que sin la misma experiencia que los que llevaban más años en el oficio conocería las artes de dirigir una barca y faenar, tanto de día como por la noche, en busca de esos peces que eran el sustento de su casa. Sabría, además, las otras artes del oficio: remendar las redes, limpiar los peces, ir al mercado e intentar vender los productos del mar y con eso ayudar a sus padres y hermanos a sacar una familia adelante solo con los recursos que te ofrecía el mar.

Sin embargo, Juan, cuando se sentaba a la orilla del mar en silencio tenía otros sueños. Soñaba con conquistar otros mares que, por el momento, eran inaccesibles para él. Hasta que un día conoce al Bautista y con él, se abre las puertas a un mundo nuevo.

Juan estaba ilusionado y fogoso ya quería comerse el mundo, pero el Bautista le ha tranquilizado con unas palabras desconcertantes: hay que esperar a que llegue el Cordero de Dios. Así que, como en el lago, se pasa días y días de espera hasta que un día se acerca Jesús al río Jordán. El corazón del pescador se dispara. Verle y seguirle fue todo en uno. Juan desde el comienzo percibe que merece dar la vida por la causa del Maestro, y esto lo que hace que es que Jesús se fije especialmente en él porque se da cuenta de la sinceridad de su mirada y sus deseos de entrega. Juan es fogoso, pero sobre todo es un enamorado.