Belén y la llegada de un Rey sin Reino

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Navidad acaba de pasar y aunque, cómo católicos, sabemos que la verdadera fecha en la que Jesús llegó al mundo pudo haber sido otra, aún así, consideramos el 25 de diciembre como un día dedicado a honrar este bello y significativo momento. Sin embargo, la fecha en sí no es lo más importante, sino lo que aconteció en esta especial llegada.

Tomémonos unos minutos para reflexionar sobre lo que acabamos de vivir esta Navidad.

Jesús, Hijo del Dios Creador del Universo, vino a la Tierra; Dios, Uno y Trino, se hizo humano y vivió entre nosotros, sus pequeñas creaturas; pero, aún siendo Dios, llegó en un pesebre y pasando frío intenso.

Es decir, el acontecimiento más trascendental de la historia de la humanidad sucedió en el lugar más humilde de todos.

Dios llegó abrazando la pobreza de sus padres, María y José, y rechazando el poder y la riqueza de los hombres.

¿Habías alguna vez pensado en esto? El Rey de reyes, Señor de señores, llegó al mundo sin un trono más formal que un pesebre tapizado con paja.

Y aún así, en la sencillez y recién nacido, nos dio una de las lecciones más importantes: lo verdaderamente valioso está en nuestro corazón y es el amor.

Jesús nos enseñó, en la sencillez del pesebre, que el sentido de todo está en el amor y no en las cosas.

Está en el amor con que Dios, Su Padre, lo envío al mundo; en el amor con que María lo abrazaba con ternura, en el amor con que José lo protegía, en el amor con que aquellos pastores fueron a conocerle y también en el amor con que los Reyes Magos recorrieron todo oriente para adorarle.

Ese amor, que no se representó en lujos sino en obras, es el mismo con el que Cristo ofreció Su Vida en sacrificio para que pudiéramos tener una eternidad al lado de nuestro Creador.

Jesús, Hijo de Dios, se convirtió en uno de nosotros para salvarnos y pudiendo haberlo tenido cualquier riqueza prefirió buscar corazones y morar ahí, lo cual tenía un precio mucho más alto que cualquier otra cosa.

Así que, cada vez que te agobien los pesares del mundo, recuerda que Aquél que lo venció vivió en la nada y aún así lo tenía todo; siéntete amado por Él, porque en su omnipotencia se hizo pequeñito sólo para estar junto a ti. ¡Qué más grande milagro pudieras desear!

Para cerrar esta reflexión, te invito a orar conmigo:

Oración al Niño Jesús

Te adoro, amable Niño del pesebre, el más humilde y el más grande de los hijos de los hombres y el más pobre y el más rico, el más débil y el más poderoso.

Te bendigo, porque te dignaste a descender hasta mí, para ser mi modelo en la práctica de todas las virtudes, mi guía en las dificultades de la vida y mi consuelo en los días de aflicción.

Te amo, porque viniste a mí con amor infinito; con amor generoso, al que no cansan mis ingratitudes; con amor obsequioso, que se anticipa a los tardíos impulsos de mi corazón; con amor paciente, que espera mi conversión para amarme más tiernamente aun.

Por eso, con el corazón lleno de agradecimiento, te adoro, bendigo y amo, con todo el fervor de mi alma, y me atrevo a levantar mis ojos hasta ti con la esperanza de un día acompañarte en la eternidad. Así sea.

Myriam Ponce