Convivir con el Hijo

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Navidad empieza así. Un Hijo se nos ha dado, Dios se nos ha regalado. En ésas nos las vemos, como primerizos hijos de Dios. Cada Navidad, más nuevos, continuamente renovados. La luz vino al mundo. La Palabra se hizo carne. En éstas nos encontramos, unos con otros en comunidad. Y para empezar, lo celebramos. Que la Alegría nos deje transformados.

Hay que reblandecer el corazón. Sensibilizarnos. Empaparnos. Mejor muchos toques y gotas de lluvia, para que empape bien la tierra e ir recibiendo poco a poco. Mejor que una tormenta que irrumpa, volcán que despierte. Mejor el modo paciente con el que Dios nos visita inicialmente, que la Palabra atronadora con la que muchos identifican así lo religioso. Mejor la dulzura, la ternura, la ligereza. Ser capaces de llevarnos al Niño, de protegerlo en nuestro regazo, de descansar con Él. Si suenan lágrimas, si hay dolores, son los sufrimientos del mundo en el que nos vemos y que no solemos escuchar o atender o que nos pilla despistados.

Los sabios de Oriente se presentan en Mateo con tres frases finales: primero, redescubrieron con alegría la estrella en cuanto salieron de Jerusalén; segundo, ver a una mujer con un niño en brazos y adorarlo; y tercero, volver por otro camino, volver diferentes. En Lucas, pastores y gente de campo, humanidad en las brechas de lo esperado, sin que leamos bien el rechazo que sufrían: primero, asisten a un concierto de ángeles con buenas noticias propio de reyes; segundo, la misma señal en la que fijarse y ante la que rendirse por su exceso de vitalidad; y tercero, pastores que ya no son tales y son ángeles que alaban y glorifican con un corazón como el de María.

Coincidiendo con esta época, suele hacer frío. Pero no para todos por igual. No lo olvidemos. No perdamos de vista a migrantes sin casa, que seguirán caminando y cruzando las fronteras de cada día. No reservemos las palabras bellas y verdaderas para los tiempos finales, racaneando los tesoros que fácilmente enriquecen y ennoblecen a otro, contra toda envidia. No traguemos con cualquier cosa, porque muchos seguirán sin alimento, con hambre que no se terminará cuando acaben las fiestas en las que tanto se derrocha. No codiciemos lo que ni siquiera necesitamos, con tanta carencia golpeando a tantas puertas durante esta pandemia. En lo posible, no nos quejemos del trabajo con el que transformamos el mundo que Dios ha visitado, en el que ha querido levantar su tienda y en el que camina con nosotros, poco a poco.

En tiempos acelerados, paciencia y buena respuesta como mejor deseo. Como María, quien recibiendo el Espíritu, también vivió el Fruto. Pablo, en Gálatas, nos recuerda por qué se llamará grande al Hijo: “El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.” Celebremos con muchísima alegría a quien no tuvo en consideración su naturaleza divina y se rebajó, se acercó, se vino hacia nosotros y ha llegado.

José Fernando Juan (@josefer_juan)