Cómo tener Fe

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La apuesta de Pascal, la parábola del jardinero invisible, el argumento ontológico de San Anselmo… Infinitud de ejemplos, testimonios, complejos razonamientos lingüísticos… Necesidad, la soledad y la tristeza, la búsqueda de alegría y gozo… Las razones para tener una fe, como para no tenerla, acechan nuestro corazón cuando nos enfrentamos a esta cuestión ante una persona que carece de ella o ante nosotros mismos en una crisis o cuando empezamos a sentir esa especia de llamada que llamamos vocación. Cuando se dan esas vivencias personales, comunes a casi todos los seres humanos, podemos necesitar una respuesta para la pregunta que encabeza este artículo, así como para la pregunta ‘para qué tener fe’ que creo que ya intenté responderla en el primer artículo que escribí para esta plataforma: La fe como amor y sentido

Considero que la fe se podría añadir como uno más de los amores de los que habla C. S. Lewis en su famoso libro (Los cuatro amores), pues funciona de una manera semejante al amor: La fe es un regalo que solo se concede a aquél dispuesto a aceptarlo activamente; aceptar ese regalo requiere de voluntad y confianza, las cuáles deben estar supeditadas a una gran libertad individual. A la vez, el tener fe es un misterio que supera la naturaleza y la concepción humanas, lo que nos invita aún más a confiar en Él que nos la regala, lo que es un sinónimo de la fe de la que estamos hablando todo el rato. Por ello, creer en Dios es un milagro, que, como todos los milagros, requiere de fe (Lc 16, 19-31).

En resumen: ¿Qué es la fe? Un regalo. ¿Cómo tener fe? Estando activamente dispuestos a recibirlo; excepto en casos extraordinarios como el de San Pablo, querer creer es necesario para creer, igual que querer querer es necesario para querer, y volvemos al origen del asunto, que la fe es amor; amor a Dios, amor a aquéllos a los que la fe te demanda servir y amar (que son absolutamente todas las personas del mundo), amor a las cosas de esta Tierra… Igual que el amor con amor se paga (San Juan de la Cruz), la fe con fe se gana. La fe, que es amor, si no se comparte no vale nada, de ahí que el apostolado y hablar del Amado a los demás es parte de vivir la fe. Igual que el amor verdadero, la fe verdadera no puede dejar de crecer si no dejamos de alimentarla.

Qué maravillosa esa necesidad de libertad, ¿verdad? Como un buen padre, Dios nos pide que encaremos nuestra necesidad y le hablemos sinceramente de nuestros deseos y voluntades. Si le damos la espalda, que sea consciente y libremente, y si le aceptamos y nos acercamos a Él, que sea abiertos a cumplir su voluntad; para ello, es fundamental conocer a Dios, conocer la religión, formarse… Porque cuando amas a alguien deseas conocer de verdad a esa persona y quererla tal y como es. Y los cristianos no tenemos fe en algo sino en Alguien, con un nombre, un rostro, una Madre…

Sintiendo la fe como el amor, no podemos evitar querer que todas las personas puedan gozar de ella también, y podemos tender a pensar que el no poder recibir este don es un atroz defecto; de esto debemos tener cuidado. Igual que “aburrir con la Palabra de Dios es pecado” (Dr. D. Juan Luis Lorda), un apostolado que coarta la libertad se convierte en apostasía, pues es necesaria para obtener el privilegio de la fe; en todo caso, nuestra fe nos debe dotar de empatía con aquellos que carecen de ella y amarlos aún más, porque “si llegáis a conocer a Dios, no os convirtáis en aclaradores de enigmas. Mirad más bien alrededor de vosotros y lo veréis jugando con vuestros hijos” (El profeta, Khalil Gibran).

Antonio V. D. Sierra Maestro-Lansac