Raíces de Fe

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El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Mt 13, 31-35

Una mañana, siendo yo un chiquillo, recibí la siempre esperada llamada de mi fiel abuelo, quien venía a recogerme como cada sábado para ir al campo a realizar las labores que él me enseñaba, el cuidado de los corrales, la recogida de las aceitunas y naranjas, momentos que marcan la vida de todo niño, más, si va de la mano de su abuelo.

Enfrascados en aquel laborioso laberinto de naranjos mandarinos, escuché a mi abuelo decir: mira ven, voy a enseñarte algo que te servirá para siempre. Inocente de mí fui corriendo hacia donde él se encontraba, seguro que, esperando algún fabuloso regalo, como cualquier niño, pero no, lo que me iba a enseñar sería la mayor lección de vida que he encontrado nunca. Tomó su vieja y suelta navaja, raspó el tronco de uno de esos naranjos y me dio un trozo de corteza: – “toma, guárdatelo”. Yo estaba perdido, -abuelo, ¿esto qué es? – Niño, tú guárdalo, paciencia, todo a su tiempo.

En plena confianza, como todo niño tiene en su abuelo, cegado por el cariño y la admiración más profunda que se puede sentir por alguien, guardé aquel trozo de corteza de naranjo en mi arrugado bolsillo. Al llegar a su casa, antes de preparar nuestro puntual y acostumbrado bocata, fuimos al patio, donde hace ya algunos años había plantado un gran limonero.

– Abuelo, ¿a dónde vamos?

– Vamos a plantar aquí el naranjo que hemos raspado en el campo.

Aquellas palabras parecían algo imposibles, solo había un trozo de corteza que yo, cuidadosamente, había guardado.

Tras explicarme lo que era un injerto, preparó el tronco del limonero, añadió el trozo de la corteza del naranjo y ató una cuerda bien fuerte.

Aquello era increíble, yo no era capaz de creerme que de aquel gigante limonero pudieran salir naranjas. Con el paso de los años, así fue, mi teoría se confirmó, él mismo, en nuestra diaria llamada, me decía que no veía naranjas en el patio, “nuestro injerto no ha funcionado”.

Pasó el tiempo y, con él, la vida, un día después de haber recibido yo el Cuerpo de Cristo por vez primera, mi abuelo decidió acompañarme para siempre desde el Cielo, tranquilo y con la certeza de que mi camino no iba nunca a separarse de Dios. Era un niño, sí, pero completamente consciente de que no iba a verle nunca más, no era capaz de ir a ver el limonero, no podía estar allí.

Como todo en la vida, va cicatrizando y debemos superarlo, así que un día lluvioso y atormentado no pude más y fui a verlo. Dios me hablaba con cada gota de lluvia que se unían a mis lágrimas, aquel otoño, no apareció ni un solo limón, aquel mes de octubre, un año y medio después del maldito momento, el patio rebozaba naranjas, llenas de vida, flamantes, prendidas de grandes ramas que, sin fe ni esperanza, ni un solo pájaro podría haber anidado en ellas.

Ahora, lo veo con otros ojos, pero con el mismo sentir más profundo en mi corazón, hoy veo como cada naranja que de aquel árbol surgió, se ha convertido en cada amigo que he tenido, en cada sonrisa que he visto, en mi familia, en cada examen aprobado, en cada trabajado aceptado, en cada niño con el que me he cruzado.

Por eso, por pequeña que sea la semilla, con fe y esperanza, como el grano de mostaza, cuando crece es más alto que cualquiera de las hortalizas. Esta es mi fe, mi pilar, la que me da aliento y abastece en todo momento, la que, poco a poco, ha ido injertando en mi corazón pequeños trocitos del amor de Dios, con el que compartir mi vida con los demás, a través del servicio, la amistad, bajo el auxilio y el carisma de San Juan Bosco.

Isidoro Bosco Villalba Hernández