«Se puede ser santo». Testimonio de Pablo Sanz

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Vivir enamorado de Dios soñando con el ideal de la santidad marca mi vida. La realidad de mis miserias y pecados y el lema de “no cansarse nunca de estar empezando siempre” es lo que marca el paso del día a día.

Soy Pablo Sanz, un joven de 28 años, profesor de educación física, jugador y entrenador de fútbol sala de profesión y dedico mucho de mi tiempo a la música como forma de expresarme y comunicar. Sí, soy muy afortunado de poder dedicar mi tiempo a mis dos pasiones: el deporte y la música.

Mi vida de fe comienza en mi familia, soy el segundo de 5 hermanos, todos chicos. Mis padres, unos santos. De los que fallan a menudo y están lejos de ser perfectos, pero siempre tienen a Dios en el centro de su vida, confían y se entregan por completo. En casa aprendí todo. Muchas cosas, voy descubriendo con el tiempo, que también las aprendí en casa, aunque sea consciente muchos años después. ¡Qué importante es la familia! Y cuántas gracias doy a Dios por mis padres y mis hermanos.

Desde niño participé en las actividades de la Milicia de Santa María, un grupo juvenil donde me forjaron en la persona que soy hoy.

Fue con 15 años, en unas convivencias, cuando me encontré con Dios. Ese mismo verano empecé a conocerle en mis primeros Ejercicios Espirituales y desde ese momento descubrí a un Dios con quien podía hablar, a quién podía querer y dejarme querer, un Dios que tenía algo que decirme en mi día a día.

A los 20 años me consagré a Dios en los Cruzados de Santa María, un Instituto Secular. Respondí a la llamada que Dios me hizo aquel verano consagrándome a Él. Y ahí sigo, tratando de enamorarme cada día más de Dios, redescubriendo su infinita misericordia para conmigo.

Vivo esta consagración en medio del mundo. Con mis alumnos en las clases, mis compañeros de equipo, mis jugadores. Tratando de ser ejemplo, con todas mis limitaciones y defectos, luchando por vivir en cristiano en todos los ambientes.

En esta vocación de hablar con la vida, de ser misionero del día a día surge la música como altavoz. De forma natural me sale hablar por medio de canciones sobre aquellas cosas que vivo. Tengo canciones dedicadas a mis padres, a mi mejor amigo, a mis oposiciones, a Londres y a tantas situaciones humanas que vivimos. Y, por supuesto, dentro de esta vida, y tratando que sea el centro, está Dios, protagonista en la mayoría de mis canciones. Canto sobre aquello que vivo. Quien escucha mis canciones puede escucharme a mí. Saber cómo hablo y me relaciono con Dios y en qué momento me encuentro, soy transparente en la música, y justo eso creo que es lo que puede ayudar a la gente a identificarse con las letras y las canciones.

En esta búsqueda constante de la Santidad en medio del mundo, en las actividades cotidianas me pierdo constantemente. Me veo muy limitado como para responder a la llamada de Dios y muchas veces eso me desanima. El orgullo domina mi vida tantas veces…y casi siempre bajo capa de bien. Ahí es donde está el reto de mi relación con Dios, cambiar la mirada, dejar de mirar mi respuesta y mirar su llamada, dejar de mirar cómo amo a Dios y mirar más cómo Él me ama. Dejar de querer “hacer” y empezar a dejarme “hacer”. Es un juego de confianza, de fe, porque aun conociendo mi pequeñez Dios cuenta conmigo.

Si Dios es así conmigo, también lo quiere ser con todo el mundo. Su Amor está esperando a todo el mundo y eso es lo que trato de cantar y anunciar con mis canciones: Dios está enamorado de ti, eres precioso para Él, no hay nada que Dios no pueda perdonar, no hay nada imposible para Dios, hay otra forma de vivir y SE PUEDE SER SANTO.

Pablo Sanz García